Esta es la tercera y última entrega de la trilogía
portátil, El abstencionista, publicada toda en El Universal
("El abstencionista, o de la batalla de las ideas", jueves
21 de abril de 2005, página 1-19 y "El abstencionista,
o de la 'batalla' de los clones", domingo 29 de mayo de 2005,
página 1-12). En el primer trabajo se esbozaron razones
conceptuales por las cuales se reivindicaba el legítimo
e inalienable derecho que asiste a la mayoría de los
venezolanos elegibles para ejercer el sufragio, acogerse al
derecho de no sufragar como mecanismo transitorio de rechazo
al orden imperante de cosas, haciendo mutis al "auto de fe
electoral" que los mismos de siempre quieren vender como espejitos
a una ciudadanía madura y cansada de tanta farsa.
La segunda entrega pretendió desmontar los más
grotescos mitos a los cuales frecuentemente apelan los furibundos
guardianes de ese "auto de fe electoral" para infructuosamente
intentar cambiar el parecer de una impertérrita sociedad.
En este último texto, se reafirman los conceptos que
llevaron originalmente a asumir esta decisión -aunque
nadie sea abstencionista por vocación- y se abordan aspectos
del camino futuro de la acción política que emprenderá
la sociedad en su tortuoso trayecto hacia la democracia y
el bienestar: el "salto a la modernidad".
Una soledad. Es perverso que a pesar que los artículos
61, 62 y 63 de la frecuentemente burlada Constitución
del año 1999 inequívocamente establecen que "el
sufragio es un derecho" -contrario a la Constitución
del año 1961, que lo definía como una obligación-
exista tanto prurito sobre lo que ya constituye sin dudas
un derecho inalienable de cada venezolano: el derecho de abstenerse
de sufragar. Sorprende que el tema produzca tanto escozor
y dentera entre tirios y troyanos o la crítica intolerante
de quienes dicen representar al sector de los partidos políticos
de la llamada oposición democrática y del oficialismo,
al punto que ambos -una vez más- se clonan para unirse
en el esfuerzo conjunto de intimidar, satanizar o criminalizar
a quienes haciendo uso de su derecho constitucional optan
por la fórmula de la abstención como una manera
legítima de expresar su rechazo al orden de cosas imperante
en Venezuela. Es así como se escuchan "solemnes" expresiones,
tales como: "abstenerse es un gesto sin trascendencia" o se
tilda a la clase media de contemplativa de su propio ombligo,
por no mencionar a los políticos de oficio (jóvenes
y viejos por igual, incluyendo oficialistas) que en tono amenazante
y burlón desprecian el mayoritario sentir de la clase
media profesional y trabajadora, quien ha asumido la bandera
de este abstencionismo como mecanismo de lucha y resistencia
pacífica.
Es así como, desde una cosmovisión marxista del
mundo no logran deslastrarse de su atávica desconfianza
hacia la clase media como digna exponente de una burguesía
que a través de toda la historia hizo posible la consolidación
de las grandes sociedades democráticas de Occidente y
su elevado nivel de bienestar económico. No es de extrañar
que a manera de ritornelo no se le perdone a esa clase media
haber abanderado las luchas civiles que desde el año
2002 hasta el 2004, se libraron cruentamente en Venezuela.
A esos mismos que siempre se refieren peyorativamente de quienes
marcharon y hacen sorna de sus atuendos o su voluntad actual
de quedarse en casa, valga recordarles que fueron esos luchadores
quienes pusieron la sangre y el sudor que regó el pavimento
durante tantos meses de protesta civil. Nadie en nombre de
quién sabe qué, va a dar por cancelada la lucha
que tiene y tendrá que librar necesariamente esta sociedad
para reestablecer las libertades plenas. A ellos, que parecen
haber perdido la noción de que el voto es un instrumento
del quehacer democrático y no un fin en sí mismo,
quienes han convertido el ejercicio del voto en un fetiche
de su propio agotamiento e incapacidad de acción política,
en medio de un país donde no hay las garantías constitucionales
para ejercerlo con confianza plena y en libertad de conciencia,
vaya esta entrega, no sin antes acoger el acertado comentario
del analista Carlos Blanco, quien al analizar el más
fuerte argumento de quienes se oponen a la abstención:
"al día siguiente de abstenerse no pasará nada",
agrega que tampoco pasará nada el día después
de haberse prestado a la coreografía electoral. De allí
que sea oportuno recordar aquella frase de Winston Churchill,
que refiriéndose a quienes frente la desaforada carrera
armamentista de Adolfo Hitler, sólo esperaban y añoraban
pequeñas señales y rendijas de esperanzas que les
permitiese mantener un supuesto statu quo, les advirtió
de manera ominosa: "tendrán su guerra y también
su humillación". De allí que no votar pueda arrogantemente
tildarse de "gesto sin trascendencia", más no sin dignidad.
Participar electoralmente en medio de tanta violación
constituye a todas luces una traza de aquello que el polaco
Adam Zagajewski, poeta miembro fundador del Movimiento Solidaridad,
denominó -referido a la oposición- "conformidad
en la inconformidad" (del libro "Solidaridad y soledad").
El debate. Algunos tratan de distraer la atención sobre
el debate insistiendo que no se trata de abstenerse o no,
sino de algo más profundo. Ello es cierto, pero tampoco
es menos cierto que cualquier debate sobre el modo y la oportunidad
de lucha que asuma esta cercada sociedad para restituir sus
libertades plenas, tenga necesariamente que pasar previamente
por esa odiosa parada del 7 de agosto. Resulta previsible
que la ciudadanía proyecte su mensaje de rechazo ante
tanta ausencia de democracia, mediante la abstención.
Será a partir de ese gigantesco electorado no sufragante
que se podrá reconstruir el mensaje político, que
sin duda estará presto a lo nuevo, divorciado del populismo
que de manera ininterrumpida ha devorado este país durante
ya varias décadas. Pensar que la salida de la crisis
pasa por una candidatura o reedición de gobiernos de
izquierda, que en esencia lo han desgobernado férreamente
desde la destitución constitucional de Carlos Andrés
Pérez hasta nuestros días o que la solución
pueda estar en el neo-populismo de un movimiento político
sin programa -pero con candidato propio- como Primero Justicia,
deja a un lado la oportunidad real que tiene la nación
de salir de su interminable e insondable crisis: mediante
un tardío pero confiable "salto a la modernidad".
Estudiosos y académicos de la política vienen señalando
que Venezuela hoy por hoy constituye un Estado fallido, porque:
1. No puede controlar sus fronteras; 2. No tiene el monopolio
de la violencia; 3. No puede adecuadamente educar a sus ciudadanos;
4. No puede garantizar y salvaguardar la salud pública
y 5. Mantiene una justicia politizada que crea gran inseguridad
jurídica (ver M. T. Vivas, "La fractura del Estado",
El Universal, Edición Especial Democracia, lunes 10 de
junio de 2002, página 1-2, y otros trabajos varios, Columbia
University, New York). Como en otros ámbitos de Venezuela,
también el espectro del pensamiento político ha
involucionado y se hace vital rescatar un espacio para el
liberalismo ilustrado, que tuvo décadas atrás en
figuras tan descollantes como Arturo Uslar Pietri, Alberto
Adriani y, por qué no, un Joaquín Sánchez-Covisa,
algunos de sus más claros exponentes. A partir de allí
y con una renovada claridad de conceptos políticos, sociales
y económicos, la sociedad tendrá de nuevo la palabra
y los actores para retomar las luchas y su destino.