CARACAS, domingo 03 de julio, 2005 | Actualizado hace
Carlos Blanco
La indignación que recorre a la opinión pública
por el asesinato de los tres estudiantes de la Universidad
Santa María, Leonardo González, Erick Montenegro
y Edgar Quintero, y por las heridas infligidas a Daritza Buitrago,
Urúa Moreno y Elizabeth Rosales, también estudiantes,
comienza a esparcirse como torbellino.
No es un disparo que, lamentable como siempre es, se le escapó
a un gatillo alegre, sino que es la operación de un comando
conjunto cívico-militar, como la revolución, que
asesinó a unos estudiantes que imploraban por su vida.
Acribillados miserablemente.
La noticia revienta porque no pueden achacarle antecedente
policial o penal alguno a los muertos y heridos; porque
lo hicieron junto a las residencias de algunos de ellos,
porque el desparpajo de los asesinos se hizo manifiesto.
Si se analiza la cantidad de muertos diarios que hay a manos
de los cuerpos "de seguridad", se llega a la conclusión
de que en Venezuela no sólo se aplica la pena de muerte
sino que, además, algo pestífero anida en la FAN,
a la que pertenece la DIM, y en las policías. No es
un agente del orden público borracho el que actuó,
ni un militar despechado tampoco. Es una comisión,
sin identificación alguna, que procedió a matar
y a herir a los muchachos porque no se detuvieron. Esos
asaltantes iban esa noche a destripar, iban a vengar la
muerte de un compañero suyo, según se ha colado.
Esos tipos se encaminaban, con toda decisión, a violar
la Constitución, las leyes, los reglamentos y normas.
La gavilla asesina no surge de la nada. Los escuadrones
de la muerte son parte del paisaje revolucionario; el
MVR los denuncia en los estados en los cuales quiere salir
de los gobernadores y calla en los otros. Pero es un fenómeno
nacional.
Es verdad que violaciones policiales han existido siempre,
pero no es fácil recordar un concierto de casi
treinta civiles y militares matando a sangre fría
a unos estudiantes.
La otra cara del asunto es que los cuerpos "de seguridad"
andan por la libre. La idea de que la Constitución
y las leyes no se cumplen porque hay un objetivo revolucionario
que todo lo subordina es la base que permite a grupos
vinculados al Estado, actuar, como dijo aquella pajarita
descarriada, como les dé la gana.
Lo que señala Provea es patético. Al
referirse a este caso, Carlos Correa dice que "lo
peor es que de las personas muertas presuntamente
en enfrentamientos, más de 2.300 casos son
denunciados por enfrentamientos, pero si uno analiza
las cifras por cada policía muerto hubo 45
ciudadanos, eso quiere decir que bajo el patrón
de enfrentamiento hay alta probabilidad de que se
esté escondiendo una situación como ésta".
No son casos aislados. El Estado venezolano,
maltrecho desde hace muchas décadas, ahora
se disuelve bajo el peso infamante de la bota
revolucionaria. Los policías profesionales,
que aunque parezca mentira los hay, los expulsan
o los jubilan, para darle paso a la cosecha ideologizada.
El patrón para incorporarse a las funciones
policiales, especialmente a eso que llaman la
DIM, es la adhesión al militarismo socialista
en marcha; no hay experticias, no hay cursos,
no hay nada que no sea el compromiso político
y la subordinación a los cubanos del G-2.
Así, las funciones policiales son deshechas,
las instituciones demolidas y las muertes abundan.
Carlos Blanco5
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