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19 cum laude

Eximido. Así se podría calificar el paso de Andrés Galarraga por los campos de Grandes Ligas en 19 zafras. Récords, muchos jonrones, metas cumplidas y dos sueños inconclusos, los 400 jonrones y un anillo de Serie Mundial

Galarraga dejó escritos en la historia de la Gran Carpa muchos récords (Foto AP)

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ALFREDO YANEZ MONDRAGON

El 23 de agosto de 1985 comenzó a escribirse una historia en la vida de Andrés Galarraga y de toda la afición al beisbol.

Ese día, el inicialista de los Leones del Caracas debutó como grandeliga, el número 39 en la cuenta de los venezolanos, cuando los Expos de Montreal definitivamente le dieron la oportunidad de demostrar todo el talento que venía acumulando desde que llegó a su organización seis años antes.

Casi un mes después de su debut, el 21 de septiembre, Galarraga despachó el primero de sus 399 cuadrangulares en las Mayores, lo hizo ante Kurt Kepshire, lanzador de los Cardenales de San Luis, en partido que terminanron ganando los pájaros rojos 7 por 6.

Galarraga vivió seis años más con los Expos. Su poder, apenas hizo prólogo a lo que sería más adelante, y el fornido jugador de la inicial, se destacó por su extraordinaria defensa, lo que le valió el mote de El Gran Gato, por las cualidades felinas para lanzarse a los lados y atrapar la pelota; eso no sólo fue reconocido por los miles de aficionados que seguían los juegos, sino por los especialistas en la materia que premiaron a Galarraga en dos oportunidades, 1989 y 1990, con el Guante de Oro, por su extraordinaria manera de custodiar el terreno cercano a la primera base.

Aún así, en 2001 las lesiones aparecieron y Montreal desechó continuar con los servicios de un Galarraga catalogado por algunos como destinado a culminar su carrera.

Los Cardenales de San Luis no lo creyeron así y le extendieron contrato. Fue un año tormentoso para Venezuela, 1992, y Galarraga no fue la excepción; sólo participó en 95 encuentros, ligó diez jonrones y sólo pudo impulsar 39 carreras. No cumplió con las expectativas planteadas, y nuevamente llegó un momento en el que pocos apostaban por el jugador nacido en Caracas.

Sin embargo en San Luis trabajaba como técnico un visionario, Don Baylor; quien descubrió que Andrés Galarraga debía hacer algunos ajustes en su manera de batear, pera mejorar el aspecto ofensivo.

Baylor recibió la oportunidad de dirigir en Grandes Ligas, un equipo de expansión, los Rockies de Colorado, con sede en Denver. Entre sus solicitudes a los propietarios del equipo, Baylor pidió la contratación de Galarraga.

En Colorado escucharon a su manager y Galarraga inició en 2003 el cambio más radical para bateador alguno nacido en Venezuela.

Un poco más de frente al lanzador, era la característica principal de ese cambio en la mecánica de bateo. Su traducción inmediata fueron  22 jonrones y 98 carreras impulsadas, además de su astronómico .370 puntos de promedio de bateo, suficiente para alcanzar el primer título de la especialidad para venezolanos, y lógimante el primero para la franquicia asentada en las montañas rocosas.

Como el ave fenix, Galarraga surgió como temible bateador, oportuno y fuerte. Fueron cinco años en Denver, una ciudad que se prendó del venezolano, y aún hoy le rinde honores.

Con Colorado, en 1996, Galarraga logró sus topes en jonrones, 47 y carreras impulsadas, 150, y sin dudas en ese equipo tuvo su mejor momento como pelotero.
 Pero los vientos de cambio soplaron de nuevo en la carrera del venezolano.

Hank Aaron, el máximo jonronero de las Grandes Ligas, señaló que los vuelacercas en Denver salían con facilidad y que a Galarraga le costaría mucho establecer cifras cercanas a las exhibidas con los Rockies.

Nada más lejos de la realidad.

Los bravos de Atlanta, el club más ganador de la década de los noventa en la Liga Nacional, requirió de los servicios de Andrés Galarraga, y éste aceptó cómodamente el trabajo.

En el primer año de un pacto a tres, el Gran Gato despachó 44 pelotas hacia las gradas y contribuyó a la causa brava con 120 carreras; y con su mecánica de bateo perfeccionada desde los inicios con los Rockies, dejó promedio de .305. Excelente comienzo para esta nueva etapa en su carrera deportiva.

Antes del inicio de la campaña de 1999 una noticia estremeció a Venezuela. Andrés Galarraga tenía cáncer. Un linfoma le impidió competir en el terreno de juego, y lo llevó a otra batalla, más fuerte, pero de metas concretas y superables.

Galarraga estuvo presente todo el tiempo, y en el primer juego de esa campaña en su ausencia, sirvió el primer lanzamiento desde su casa en West Palm Beach y el primer mensaje de aliento para sus seguidores, pues en una emotiva carta, hecha a puño y letra, aseguró: "volveré".

Y volvió. Tras vencer la enfermedad, Galarraga estuvo uniformado de blanco con ribetas azules y rojos. Regresó con 28 estacazos y cien impulsadas, trabajo que ratificaba que su salud estaba en óptimas condiciones, listo para dar más. Con esa actuación el Gran Gato recibió el premio Regreso del Año, y los argumentos sobran.

Con cuarenta años a cuestas, Galarraga quería dar más, y podía hacerlo. Los Rangers de Texas, su primer club en la Liga Americana, le dieron la oportunidad de convertirse en bateador designado, pero el inicialista de 15 campañas, no se ajustó al cambio; se sentía fuera de juego. Eso de sólo salir a batear no era lo suyo, y los de Texas lo entendieron, por eso accedieron al cambio que llevó a Galarraga por primera vez a los Gigantes de San Francisco. Concluyó aquella campaña de 2001 con 17 jonrones, y la idea de apoderarse del registro de al menos 400 cuadrangulares comenzó a rondarle con fuerza.

Su relación con los Expos de Montreal, el equipo del inicio, le facilitó las cosas para volver, con mucha más experiencia, a la novena canadiense. Allí estuvo en 2002. Modesto con el bateo, empeñado en contribuir con la causa colectiva y sumando para sus estadísticas personales. Un año más, un año de sentirse vivo y útil, Un año de ratificaciones en lo deportivo.

Aún seguro de poder estar a la altura del compromiso, Galarraga logra que los Gigantes de San Francisco se fijen en él de nuevo, y arranca la temporada de 2003 con el equipo de la bahía.

A falta de catorce jonrones para su marca autoimpuesta de 400, Galarraga se involucró con San Francisco, trabajó incansablemente, y completó la docena de estacazos, quedando a dos del registro, con la satisfacción de sentirse con capacidad para mantenerse en lucha.

En la campaña de 2004, con 43 años, sorprendió a todos al advertir que no iniciaría con ningún equipo, pero que tampoco se retiraría del beisbol. Lo dejó todo para la segunda mitad de la campaña.

El cáncer había regresado y Galarraga, quien aprendió a no preocupar a los demás, no quiso alterar las emociones de sus seguidores con malas noticias; por eso ocultó que se sometía a nuevos regímenes anticancerosos, y con sobriedad regresó por sus fueros, esta vez de la mano de los Angelinos de Anaheim.

Sólo le faltaban dos jonrones para completar los cuatro cientos, pero únicamente estuvo al bate en diez oportunidades, con lo cual disparó un solo jonrón, el 399 de su carrera. Para 2005 Galarraga no se rindió. Fue al campo de batalla, próximo a cumplir 44 años.

Los Mets de Nueva York le dieron la oportunidad de conquistar ese trofeo que él extrañaba en su vitrina, pero conciente de sus capacidades de juego, y descontento con lo que había visto de sí mismo en la pretemporada, el inicialista venezolano decidió decir adiós.

Siete equipos le vieron lucir con el guante y con el bate; pero sobre todo con la entrega, con la humildad, con la sencillez. Más de veinte años ligado a las Grandes ligas, 19 temporadas con altas y bajas, todas llenas de gloria.

La historia iniciada el 23 de agosto de 2003 aún no concluye, sólo uno de sus tomos llegó al final; según sus propias palabras, aún queda por hacer, y Galarraga lo hará. Por su sangre fluye el beisbol, dijo, y las dos décadas más recientes son testigo de ello.


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