CARACAS, martes 31 de mayo, 2005 | Actualizado hace
Galarraga dejó escritos en la historia de la Gran Carpa muchos récords (Foto AP)
ALFREDO YANEZ MONDRAGON
El 23 de agosto de 1985 comenzó a escribirse una historia
en la vida de Andrés Galarraga y de toda la afición
al beisbol.
Ese día, el inicialista de los Leones del Caracas debutó
como grandeliga, el número 39 en la cuenta de los venezolanos,
cuando los Expos de Montreal definitivamente le dieron la
oportunidad de demostrar todo el talento que venía acumulando
desde que llegó a su organización seis años
antes.
Casi un mes después de su debut, el 21 de septiembre,
Galarraga despachó el primero de sus 399 cuadrangulares
en las Mayores, lo hizo ante Kurt Kepshire, lanzador de los
Cardenales de San Luis, en partido que terminanron ganando
los pájaros rojos 7 por 6.
Galarraga vivió seis años más con los Expos.
Su poder, apenas hizo prólogo a lo que sería más
adelante, y el fornido jugador de la inicial, se destacó
por su extraordinaria defensa, lo que le valió el mote
de El Gran Gato, por las cualidades felinas para lanzarse
a los lados y atrapar la pelota; eso no sólo fue reconocido
por los miles de aficionados que seguían los juegos,
sino por los especialistas en la materia que premiaron a Galarraga
en dos oportunidades, 1989 y 1990, con el Guante de Oro, por
su extraordinaria manera de custodiar el terreno cercano a
la primera base.
Aún así, en 2001 las lesiones aparecieron y Montreal
desechó continuar con los servicios de un Galarraga catalogado
por algunos como destinado a culminar su carrera.
Los Cardenales de San Luis no lo creyeron así y le extendieron
contrato. Fue un año tormentoso para Venezuela, 1992,
y Galarraga no fue la excepción; sólo participó
en 95 encuentros, ligó diez jonrones y sólo pudo
impulsar 39 carreras. No cumplió con las expectativas
planteadas, y nuevamente llegó un momento en el que pocos
apostaban por el jugador nacido en Caracas.
Sin embargo en San Luis trabajaba como técnico un visionario,
Don Baylor; quien descubrió que Andrés Galarraga
debía hacer algunos ajustes en su manera de batear, pera
mejorar el aspecto ofensivo.
Baylor recibió la oportunidad de dirigir en Grandes
Ligas, un equipo de expansión, los Rockies de Colorado,
con sede en Denver. Entre sus solicitudes a los propietarios
del equipo, Baylor pidió la contratación de Galarraga.
En Colorado escucharon a su manager y Galarraga inició
en 2003 el cambio más radical para bateador alguno nacido
en Venezuela.
Un poco más de frente al lanzador, era la característica
principal de ese cambio en la mecánica de bateo. Su traducción
inmediata fueron 22 jonrones y 98 carreras impulsadas,
además de su astronómico .370 puntos de promedio
de bateo, suficiente para alcanzar el primer título de
la especialidad para venezolanos, y lógimante el primero
para la franquicia asentada en las montañas rocosas.
Como el ave fenix, Galarraga surgió como temible bateador,
oportuno y fuerte. Fueron cinco años en Denver, una ciudad
que se prendó del venezolano, y aún hoy le rinde
honores.
Con Colorado, en 1996, Galarraga logró sus topes en
jonrones, 47 y carreras impulsadas, 150, y sin dudas en ese
equipo tuvo su mejor momento como pelotero.
Pero los vientos de cambio soplaron de nuevo en la
carrera del venezolano.
Hank Aaron, el máximo jonronero de las Grandes Ligas,
señaló que los vuelacercas en Denver salían
con facilidad y que a Galarraga le costaría mucho establecer
cifras cercanas a las exhibidas con los Rockies.
Nada más lejos de la realidad.
Los bravos de Atlanta, el club más ganador de la década
de los noventa en la Liga Nacional, requirió de los servicios
de Andrés Galarraga, y éste aceptó cómodamente
el trabajo.
En el primer año de un pacto a tres, el Gran Gato despachó
44 pelotas hacia las gradas y contribuyó a la causa brava
con 120 carreras; y con su mecánica de bateo perfeccionada
desde los inicios con los Rockies, dejó promedio de .305.
Excelente comienzo para esta nueva etapa en su carrera deportiva.
Antes del inicio de la campaña de 1999 una noticia estremeció
a Venezuela. Andrés Galarraga tenía cáncer.
Un linfoma le impidió competir en el terreno de juego,
y lo llevó a otra batalla, más fuerte, pero de metas
concretas y superables.
Galarraga estuvo presente todo el tiempo, y en el primer
juego de esa campaña en su ausencia, sirvió el primer
lanzamiento desde su casa en West Palm Beach y el primer mensaje
de aliento para sus seguidores, pues en una emotiva carta,
hecha a puño y letra, aseguró: "volveré".
Y volvió. Tras vencer la enfermedad, Galarraga estuvo
uniformado de blanco con ribetas azules y rojos. Regresó
con 28 estacazos y cien impulsadas, trabajo que ratificaba
que su salud estaba en óptimas condiciones, listo para
dar más. Con esa actuación el Gran Gato recibió
el premio Regreso del Año, y los argumentos sobran.
Con cuarenta años a cuestas, Galarraga quería dar
más, y podía hacerlo. Los Rangers de Texas, su primer
club en la Liga Americana, le dieron la oportunidad de convertirse
en bateador designado, pero el inicialista de 15 campañas,
no se ajustó al cambio; se sentía fuera de juego.
Eso de sólo salir a batear no era lo suyo, y los de Texas
lo entendieron, por eso accedieron al cambio que llevó
a Galarraga por primera vez a los Gigantes de San Francisco.
Concluyó aquella campaña de 2001 con 17 jonrones,
y la idea de apoderarse del registro de al menos 400 cuadrangulares
comenzó a rondarle con fuerza.
Su relación con los Expos de Montreal, el equipo del
inicio, le facilitó las cosas para volver, con mucha
más experiencia, a la novena canadiense. Allí estuvo
en 2002. Modesto con el bateo, empeñado en contribuir
con la causa colectiva y sumando para sus estadísticas
personales. Un año más, un año de sentirse
vivo y útil, Un año de ratificaciones en lo deportivo.
Aún seguro de poder estar a la altura del compromiso,
Galarraga logra que los Gigantes de San Francisco se fijen
en él de nuevo, y arranca la temporada de 2003 con el
equipo de la bahía.
A falta de catorce jonrones para su marca autoimpuesta de
400, Galarraga se involucró con San Francisco, trabajó
incansablemente, y completó la docena de estacazos, quedando
a dos del registro, con la satisfacción de sentirse con
capacidad para mantenerse en lucha.
En la campaña de 2004, con 43 años, sorprendió
a todos al advertir que no iniciaría con ningún
equipo, pero que tampoco se retiraría del beisbol. Lo
dejó todo para la segunda mitad de la campaña.
El cáncer había regresado y Galarraga, quien aprendió
a no preocupar a los demás, no quiso alterar las emociones
de sus seguidores con malas noticias; por eso ocultó
que se sometía a nuevos regímenes anticancerosos,
y con sobriedad regresó por sus fueros, esta vez de la
mano de los Angelinos de Anaheim.
Sólo le faltaban dos jonrones para completar los cuatro
cientos, pero únicamente estuvo al bate en diez oportunidades,
con lo cual disparó un solo jonrón, el 399 de su
carrera. Para 2005 Galarraga no se rindió. Fue al campo
de batalla, próximo a cumplir 44 años.
Los Mets de Nueva York le dieron la oportunidad de conquistar
ese trofeo que él extrañaba en su vitrina, pero
conciente de sus capacidades de juego, y descontento con lo
que había visto de sí mismo en la pretemporada,
el inicialista venezolano decidió decir adiós.
Siete equipos le vieron lucir con el guante y con el bate;
pero sobre todo con la entrega, con la humildad, con la sencillez.
Más de veinte años ligado a las Grandes ligas, 19
temporadas con altas y bajas, todas llenas de gloria.
La historia iniciada el 23 de agosto de 2003 aún no
concluye, sólo uno de sus tomos llegó al final;
según sus propias palabras, aún queda por hacer,
y Galarraga lo hará. Por su sangre fluye el beisbol,
dijo, y las dos décadas más recientes son testigo
de ello.
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