CARACAS, martes 31 de mayo, 2005 | Actualizado hace
Nos demostró que la vida no se acaba hasta el último
out y que sentirse joven en la parte baja del noveno no es capricho
sino un despunte de pasión. Nos enseñó
que la grandeza no es sólo tamaño y que lo importante
es creer en uno mismo, sin importar lo que crean los demás.
Repartió alegría, ilusión y humildad. Llegó
sin redobles y se fue sin escándalos. Un trabajador, un
hombre que puso el ojo y el empeño en lo que más le
gustaba hacer, y lo hizo de maravilla. Me tiene sin cuidado
que Galarraga no haya bateado el jonrón 400. Para mí
se anotó en la historia cuando domó al cáncer
que lo acechaba y vistió el uniforme otra vez, con el entusiasmo
de un niño, y salió de nuevo al terreno para darle
rienda suelta a su máxima pasión.
"El muchacho de Chapellín logra todo lo que se propone,
esa ha sido su historia" escribió Mary Montes en su libro
Por la goma al especular sobre las posibilidades del Gato en
la temporada 2005, y aunque oficialmente se retiró el pasado
marzo al reconocer que no estaba rindiendo lo esperado, el "Gato
Sonrisa" tiene las manos llenas de logros y cariño, así
que un cuadrangular más no hará diferencia.
Me tienen sin cuidado las estadísticas si no hay una que
diga "Corazón más grande de por vida".
Claro, si este año se viste con el Caracas y le mete ese
jonrón al Magallanes, ahí la cosa cambia... o quizás
no tanto. La verdad, hasta lo aplaudiría, en silencio,
eso si, porque todos tenemos nuestros límites.
¿Y los tiene El Gato? Los tiene muy claros, por eso logró
traspasarlos cuando se lo propuso. Por eso supo negociar con
su ego y despedirse de la gran carpa como todo un caballero.
Y por eso sabe que su futuro está en esos terrenos
donde el físico no importa tanto como las mañas y
la experiencia.
Como todo fanático, tengo mi recuerdo de cuando vi de
cerca al Gato. Fue en el aeropuerto de Miami, en uno de los
habituales viajes a Caracas, hace unos cuatro años.
Estaba enfluxado, con un traje beige que apenas suavizaba su
corpulencia. Saludaba a la gente con amabilidad y un poco de
pena. Hacía lo posible por no llamar la atención.
No buscaba la manera de subir primero al avión, pendiente
de la comodidad de su esposa.
En esos vuelos he visto políticos, artistas, empresarios
y farsantes. El Gato estaba en otra liga: la de los grandes
hombres comunes y corrientes. Había algo en su manera de
andar y sonreír que me decía, quizás lo invento,
que estaba ante alguien feliz consigo mismo y sabedor de eso
que llaman plenitud, que en su caso, es saber cuál es la
cara más dura de la pelota y dónde meterle el estacazo.
En los momentos gloriosos del Gato, como ese año 93 cuando
ganó la corona de bateo, o el 96 cuando sonó 47 jonrones,
Venezuela enloqueció de fiebre felina. De la misma forma
padeció la enfermedad y logró sacudírsela.
El Gato y Venezuela formaron una dupla que nos regaló
una ilusión: los triunfos de Galarraga eran los triunfos
de un país.
Hay un dulce engaño en ese espejismo, el mismo que envuelve
a la vinotinto, a Milka Duno, Johan Santana y Carlos Coste,
es decir, la creencia de que los logros individuales pueden
ser compartidos por sus compatriotas, como si de alguna manera
todos subiéramos a recibir el trofeo, pero saltándonos
las largas horas de entrenamiento y preparación.
Es una de las fantasías del deporte: nos proyectamos en
los triunfos de las estrellas y los hacemos propios, cuando
en realidad son ellos los que llegaron allí.
Los fanáticos damos apoyo, entusiasmo y cariño, pero
en el cajón de bateo, es el Gato contra el pitcher y no
hay nadie más. Digo esto porque siempre me han llamado
la atención esas personas que dicen "somos grandes, somos
los mejores" mientras despachan una cerveza desde la tribuna.
El Gato es grande y ha hecho todo lo posible para ser el mejor.
No ha estado solo, pero ha sido un esfuerzo suyo. Al resto nos
toca hacer lo mismo, a menos que el ideal de vida sea vivir
de glorias ajenas.
El Gato me enseñó algo que vale 400 jonrones: pon
tu corazón en el juego y no le quites la vista a la pelota.
Andrés, en realidad, sólo te falta ser magallanero.
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