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Opinión//Elí Bravo

Lección

Nos demostró que la vida no se acaba hasta el último out y que sentirse joven en la parte baja del noveno no es capricho sino un despunte de pasión.    Nos enseñó que la grandeza no es sólo tamaño y que lo importante es creer en uno mismo, sin importar lo que crean los demás.

Repartió alegría, ilusión y humildad. Llegó sin redobles y se fue sin escándalos. Un trabajador, un hombre que puso el ojo y el empeño en lo que más le gustaba hacer, y lo hizo de maravilla. Me tiene sin cuidado que Galarraga no haya bateado el jonrón 400. Para mí se anotó en la historia cuando domó al cáncer que lo acechaba y vistió el uniforme otra vez, con el entusiasmo de un niño, y salió de nuevo al terreno para darle rienda suelta a su máxima pasión. 

"El muchacho de Chapellín logra todo lo que se propone, esa ha sido su historia" escribió Mary Montes en su libro Por la goma al especular sobre las posibilidades del Gato en la temporada 2005, y aunque oficialmente se retiró el pasado marzo al reconocer que no estaba rindiendo lo esperado, el "Gato Sonrisa" tiene las manos llenas de logros y cariño, así que un cuadrangular más no hará diferencia.

Me tienen sin cuidado las estadísticas si no hay una que diga "Corazón más grande de por vida".

Claro, si este año se viste con el Caracas y le mete ese jonrón al Magallanes, ahí la cosa cambia... o quizás no tanto. La verdad, hasta lo aplaudiría, en silencio, eso si, porque todos tenemos nuestros límites.

¿Y los tiene El Gato? Los tiene muy claros, por eso logró traspasarlos cuando se lo propuso. Por eso supo negociar con su ego y despedirse de la gran carpa como todo un caballero. Y por eso sabe que su futuro está en  esos terrenos donde el físico no importa tanto como las mañas y la experiencia.

Como todo fanático, tengo mi recuerdo de cuando vi de cerca al Gato. Fue en el aeropuerto de Miami, en uno de los habituales viajes a Caracas, hace unos cuatro años.
Estaba enfluxado, con un traje beige que apenas suavizaba su corpulencia. Saludaba a la gente con amabilidad y un poco de pena. Hacía lo posible por no llamar la atención. No buscaba la manera de subir primero al avión, pendiente de la comodidad de su esposa.

En esos vuelos he visto políticos, artistas, empresarios y farsantes. El Gato estaba en otra liga: la de los grandes hombres comunes y corrientes. Había algo en su manera de andar y sonreír que me decía, quizás lo invento, que estaba ante alguien feliz consigo mismo y sabedor de eso que llaman plenitud, que en su caso, es saber cuál es la cara más dura de la pelota y dónde meterle el estacazo.

En los momentos gloriosos del Gato, como ese año 93 cuando ganó la corona de bateo, o el 96 cuando sonó 47 jonrones, Venezuela enloqueció de fiebre felina. De la misma forma padeció la enfermedad y logró sacudírsela.

El Gato y Venezuela formaron una dupla que nos regaló una ilusión: los triunfos de Galarraga eran los triunfos de un país.

Hay un dulce engaño en ese espejismo, el mismo que envuelve a la vinotinto, a Milka Duno, Johan Santana y Carlos Coste, es decir, la creencia de que los logros individuales pueden ser compartidos por sus compatriotas, como si de alguna manera todos subiéramos a recibir el trofeo, pero saltándonos las largas horas de entrenamiento y preparación.

Es una de las fantasías del deporte: nos proyectamos en los triunfos de las estrellas y los hacemos propios, cuando en realidad son ellos los que llegaron allí.

Los fanáticos damos apoyo, entusiasmo y cariño, pero en el cajón de bateo, es el Gato contra el pitcher y no hay nadie más. Digo esto porque siempre me han llamado la atención esas personas que dicen "somos grandes, somos los mejores" mientras despachan una cerveza desde la tribuna.

El Gato es grande y ha hecho todo lo posible para ser el mejor. No ha estado solo, pero ha sido un esfuerzo suyo. Al resto nos toca hacer lo mismo, a menos que el ideal de vida sea vivir de glorias ajenas.

El Gato me enseñó algo que vale 400 jonrones: pon tu corazón en el juego y no le quites la vista a la pelota.

Andrés, en realidad, sólo te falta ser magallanero.


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