No hay que ser tan viejo para recordar las francachelas de la Gran Venezuela, donde muchos descubrieron la fugaz sensación de goce proporcionada por un bocado de caviar iranio beluga estallando entre las papilas gustativas y la curva del paladar, mientras el mesonero de la Casa Mar escanciaba, en medio del barullo de una sala de ministerio invadida de burócratas y asomados, el torbellino burbujeante de una Viuda, quizás demasiado fría para el buen gusto, en vulgar copa de vidrio cuya tosquedad era alegremente ignorada por la concurrencia.
Una sola imagen para retrotraernos al vértigo de la abundancia y la desmesura de una época capaz de alterar, hasta el extravío, las parroquiales expectativas de un país que esperaba mucho menos de lo que le proponían y, al final, se quedó con la costumbre de esperar y recibir lo que en justicia distributiva le correspondía, a pesar de la corrupción y el ventajismo de grupos que se llevaban las tajadas gruesas.
Los intentos, las más de las veces fallidos, por aprovechar los petrodólares en el financiamiento de una economía diversificada y productiva, cristalizaron en la creación de lo que Domingo Alberto Rangel denominó "la burguesía emergente", los doce apóstoles, los nuevos ricos con pequeñas fortunas provinciales que pasaron a convertirse en magnates, gracias a los designios de un presidente que pretendía democratizar a la oligarquía y echar las bases de un proceso de desarrollo. Hasta aviones íbamos a fabricar.
Para los de abajo, ya hinchadas al máximo las nóminas ministeriales, se decidió una suerte de plan de emergencia distributivo, mediante decretos como el 21, que obligaba a los dueños de bares, restaurantes y bombas, a tener un encargado de asear los baños, además de todo tipo de regulaciones y control de precios.
Que el gobierno de Chávez se encuentre en una situación similar, 30 años después, no deja de resultar cómico. Capitalismo de Estado, populismo exacerbado, una voracidad fiscal insaciable, la tentación de endeudarse cada vez más, proyectos faraónicos, liderazgo internacional, son características comunes a los gobiernos de dos hombres que se odian a muerte.
¿Y donde están las diferencias?, preguntará el lector. Hay unas cuantas: Carlos Andrés Pérez nacionalizó la industria petrolera, Chávez la está desnacionalizando. Pdvsa nació como industria venezolana pujante y ceñida a una filosofía corporativa relativamente libre del clientelismo y la corrupción. Hoy se encuentra en proceso de extinción, en medio de una crisis de producción y desmoralizada por las pugnas partidistas y el robo descarado. En aquel entonces las trasnacionales se fueron. En este momento llegan y sin su aporte el Gobierno estaría perdido.
Chávez no hizo sino alimentar el populismo que Pérez amamantó y luego quiso erradicar durante su segundo gobierno. Quizás ha sido más espléndido con los pobres en el reparto y así, acostumbrada a la arepa subsidiada, a la bequita estudiantil, al médico gratis, al activismo político como empleo, la gente siente todo esto como conquista consolidada. Sin vuelta atrás. Por ahora Chávez huye hacia adelante con su socialismo saudita, dispuesto a cualquier cosa para sostener el chorro de dólares que lo mantiene en el poder. ¿Hasta cuándo?