Lo que está pasando estaba previsto que ocurriera. Era
de esperar. Es tal el cúmulo de evidencias que no hay forma
de ponerlo en duda. La sorpresa, en todo caso, es que comenzó
antes de lo que algunos habían imaginado. En efecto, el
augurado proceso está en marcha. Y no es precisamente a
paso de vencedores. ¿Para dónde va? Es una de las
interrogantes que aún no tienen respuesta. Todos los días,
incluso ahora desde las entrañas mismas de la jungla endógena,
emanan fétidos olores que confirman el acontecimiento:
el proyecto socialista del siglo XXI, también llamado mar
de la felicidad, se desmorona. Lenta pero inexorablemente.
¿Cuánto tardará esto en hacerse trizas? No
puede predecirse todavía. Pero tampoco nadie se atreve,
a la luz de los hechos, a navegar contra la percepción
colectiva. Lo que hace sólo meses parecía sólidamente
instaurado, invencible, comienza a fisurarse y el descalabro
parece inevitable.
El sueño hegemónico y militarista del llanero
andante, el delirio continetal lisonjeado desde La Habana,
no será posible sin el chorro de Pdvsa. Y hoy son muchas
las causas que lo taponan. La principal es la impericia
de mucho personal gerencial, técnico y obrero y la
politización de la petrolera. Garrafal, con un costo
altísimo para la empresa y el país, fue la purga
visceral de la experimentada y muy bien preparada plantilla
que operó Pdvsa hasta 2003. Por otro lado, las pugnas
grupales, el abandono de planes de mantenimiento de instalaciones
y equipos, la corrupción y el descontrol operativo
y financiero, están pasando factura, una muy costosa
factura que, a mediano plazo, cuando a estos factores se
incorpore una eventual caída en los precios del crudo,
reducirá sustancialmente los ingresos económicos
de la corporación. Sin esos recursos la revolución
se tambaleará. El sueño neocomunista devendrá
en pesadilla. Sin churupos petroleros no será posible
sostener el desbordado gasto público y, sin la ficticia
sensación de bienestar, se acabará el amor que
me juraste.
A la lista de agentes corrosivos que diluyen la productividad
de Pdvsa _combustible que motoriza la carreta revolucionaria_
se añade la inseguridad jurídica. Todos los
días el régimen promulga más leyes intervencionistas,
modifican términos contractuales y aumentan los controles
e impuestos. Esto aleja la inversión extranjera,
indispensable para mantener activo el balancín que
mueve la economía.
Además de la ya inocultable debacle de Pdvsa,
otras poderosas fuerzas arremeten contra las bases del
"proyecto socialista". Quizás la más severa
de ellas sea la "cómica", como el amo catalogó
la batalla de epítetos y descalificaciones entre
abanderados de distintas corrientes del chavismo.
Quebrados los partidos y dirigentes opositores, el
oficialismo se volvió contra sí mismo. Ahora
las reyertas a chuzo son entre ellos. Se aniquilan
unos a otros. Civiles contra militares. Objetivos:
halagar al caudillo, demarcar zonas de influencia
_poder, negocios_ y asomarse a la sucesión.
Además, está el desmoronamiento del país.
Se cae a pedacitos. Pocas cosas sirven o funcionan.
El deterioro urbano y las montañas de basura
en Caracas son reflejo de la incompetencia del régimen.
Como lo es el descalabro económico y social.
Y la restricción de las libertades y derechos
ciudadanos. El malestar de la gente, incluso la
chavista, es creciente. ¿Hasta cuándo
aguantará? Amanecerá y veremos.
msanmartin@eluniversal.com