José Antonio Gámez Escalona
Querido Papa: una de las herencias de tu antecesor es haber
logrado que los verdaderamente excluidos podamos tener voz.
Esa voz que se manifiesta en el llamado de la conciencia de
cada uno todavía es negada por muchos que lamentablemente
no quieren escucharla. Además, como algunos se han atrevido
a escribir cartas desde el infierno de su autoexclusión,
yo me permito escribirte desde el cielo de mi vida intrauterina.
En este momento ninguno de los dos ha nacido: tú te
encuentras en la matriz de tu Madre -la Iglesia- y yo en el
de mi madre Encarnación; justamente ahora es posible
que puedas leer esta carta. Te podría llamar papá:
nos identificamos en que a pesar de ser Padre, también
eres non nato. Seguramente después de que nazcas serás
Padre de los no nacidos y por ser padre de los vivos, quizá
de todos, te llamo Papa.
Me permito escribirte sin conocerte, sabiendo que son
muchos los interesados en conocer tu identidad antes de tiempo.
En eso encuentro otra gran coincidencia entre tu situación
y la mía, porque muchos de estos especialistas en temas
religiosos o vaticanólogos -¡qué palabra tan complicada!-
son los que luego no te reconocen, ni como papá, ni como
Papa, ni como Pastor. De la misma forma en que, estos mismos
señores de nombre complicado, tampoco me reconocen a
mí, que me encuentro en esta condición de dependencia
absoluta.
Te escribo también para pedirte, desde ya, que
sigas como tu antecesor el Magno Juan Pablo, defendiéndonos
a nosotros los vivos, porque además ¡queremos vivir!
Que sigas explicando en todos los ambientes que es posible
escoger la vida como cultura, en vez de la muerte como salida.
Que trates de convencer a los cansados de vivir, que el sufrimiento
no es una buena excusa para suicidarse.
Te pido esta ayuda con antelación, no porque dude
de que lo seguirás haciendo, sino porque desde este momento
puedo sentir que tu predilección seremos nosotros los
más pobres, los marginados y olvidados, los de este lado
del mundo en que la raza es cósmica, las costumbres mestizas
y la civilización original. Desde esta América joven,
donde las madres -como mi amada Encarnación- saben que
pesa menos un hijo nacido que uno muerto en la conciencia.
En la que nuestros papás con frecuencia se desentienden
de nosotros, aunque seguramente nos quieren a su manera. En
esta América donde todavía el sentimiento va más
rápido que la razón.
No te olvides de seguir tratando de que nos reconozcan
como ciudadanos del mundo. Aunque aportemos menos recursos
que nuestros iguales de otras latitudes, o en otras circunstancias.
Que de la condición ciudadana derivan derechos que en
realidad son deberes. Y que el matar o el matarse nunca es
un derecho: como tampoco es un derecho dejar que nos adopten
personas que no han tenido la valentía de asumir su condición
sexuada.
Ya para despedir esta carta, que me salió larga,
quiero dos últimas cosas. Primero que aunque te enfermes,
te pongas viejo y cansado, aunque sea muy dura la carga no
dejes nunca de ser nuestro Padre. Lo último es como siempre,
Tu Bendición.