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Superestrella de la fe

Con su encanto personal y su figura frágil, derrotó al comunismo, defendió a los más débiles y puso de moda la devoción mariana, llevando su mensaje a todo el planeta. Sus críticos denunciaron su ortodoxia y su negación a aceptar cambios dentro de la Iglesia, aunque nadie se atrevió a poner en duda su magnetismo que atraía masas y llenaba estadios como todo un astro de rock.

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MARIANGELA LANDO BIORD

EL UNIVERSAL

Carisma y fe caracterizaron el largo y tortuoso papado de Karol Wojtyla, un pontificado a lo largo del cual llevó la Palabra de Dios a todos los rincones del planeta, derrumbó gigantes que se creían invencibles y demostró que la voluntad es más poderosa que el sufrimiento.

Al ocupar el Trono de san Pedro con el nombre de Juan Pablo II, el 18 de octubre de 1978, el cardenal arzobispo de Cracovia llevó al Vaticano un equipaje de vivencias que puede resumirse en seis preceptos básicos: Fe a prueba de todo, devoción mariana, respeto por la vida, fortaleza espiritual, lucha contra el comunismo y combate al capitalismo.

Dedicación mariana
Su devoción por la Virgen fue una constante. Para muchos, cambió a su madre -muerta cuando era un niño-, por María, depositando en el culto mariano el amor por su familia perdida.

Se quedó solo antes de cumplir los 21 años, lo que marcó el resto de su existencia de forma indeleble, y lo ayudó en su decisión de dedicar su vida a Dios.

Atribuyó a un milagro su recuperación tras el atentado sufrido el 13 de mayo de 1981.
Ofreció a la Virgen de Fátima su sotana ensangrentada, y la bala que le extrajeron está depositada en su corona.

Desde ese momento, exaltó la figura de la Madre de Dios y visitó mayor número de templos marianos que todos sus antecesores juntos.

Papa matagigantes
Primero la invasión nazi a Polonia y luego la dominación soviética lo volvieron un luchador incansable contra la opresión y todo régimen que significara la negación de libertades y derechos.

Sus estudios de seminario los hizo a escondidas del régimen nacionalsocialista.

Cuando pronunció sus votos sacerdotales, en 1946, lo hizo en un país en el que la potencia dominante negaba la existencia de Dios y perseguía a los creyentes por el delito de serlo.

Las penurias que sufrió como sacerdote, obispo, arzobispo y cardenal, bajo el yugo soviético, inspiraron su lucha contra el comunismo ateo.

Cuando en 1989 recibió a Mijaíl Gorbachov, poco sospechaba el líder soviético que ese carismático sacerdote, entre bastidores, cavaba la tumba del régimen instaurado en 1917.

Con oraciones y mensajes a favor de la unidad, el amor, la tolerancia y la igualdad, Juan Pablo II fue lentamente desgastando las bases de opresión y terror en las que se sustentaba el sistema soviético.

Comenzó en Polonia, apoyando desde las sombras al sindicato Solidaridad de Lech Walesa.

Tardó más de 10 años en lograr que se derrumbara, pero lo consiguió. Mató al gigante.
Cuando cayeron el Muro de Berlín y la Cortina de Hierro, entre 1989 y 1991, demostró que la fe puede más que la política.

Defensa al desposeído
Su combate al comunismo no significa en modo alguno que Juan Pablo II defendiese al capitalismo. Por el contrario, criticó tanto a uno como a otro.

Exaltando los valores morales, la fe, la esperanza, la caridad, el amor y la tolerancia, llamó a los creyentes del mundo a luchar contra el mercantilismo y valorar la vida por sobre todo.

Clamó por ayuda para los países más pobres, exigió la defensa de niños y madres, y se opuso al divorcio, al aborto y a los anticonceptivos.

El sufrimiento físico y la fortaleza espiritual fueron otros baluartes de Juan Pablo II.

Las enfermedades, incluidos el mal de Parkinson, las fracturas y las secuelas del atentado, convirtieron al atlético Papa de los primeros años en un anciano que apenas podía desplazarse o inclinarse a besar la tierra que pisaba. Sin embargo, su espíritu pudo más que el dolor, e hizo del sufrimiento un ejemplo de sacrificio.

Su sola presencia abarrotaba estadios como lo haría una estrella de rock, y su carisma atrajo multitudes como ningún otro jerarca católico.

Hablan los críticos
No todo fue color de rosa en el papado de Wojtyla. Detractores como el reverendo Richard McBrien, lo consideraron "ni bueno ni malo".

¿El motivo? No se adaptó a los tiempos modernos en temas como los métodos anticonceptivos, el aborto, la homosexualidad o el divorcio, se negó a dar más peso a las mujeres en la Iglesia y rechazó movimientos renovadores como la Teología de la Liberación.

Lo que sí le reconocen es que acercó a las religiones, habló a todos los que quisieron escucharlo y se convirtió en toda una superestrella.


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