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Caracas, viernes 25 de febrero, 2005  
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Catalejos

Argelia Ríos

Oferta sospechosa


Pese a que el momento político impide hablar de una rozagante vitalidad democrática en Venezuela _o tal vez, precisamente, a causa de ello_, el diálogo entre las partes es y será siempre una oportunidad apreciable.

El asunto viene al caso, a propósito de la sorpresiva visita de los señores del Centro Carter, quienes _cumpliendo una agenda con propósitos todavía desconocidos, aunque imaginables_ ya han anunciado su interés en proponerse, de nuevo, como interlocutores de una reciclada ronda de intercambios, que tienda a "consolidar la estabilidad" del país.

Más allá de la razonable desconfianza generada por los oferentes _e incluso haciendo abstracción obligante del particular concepto de "estabilidad" subyacente en las muy crípticas palabras introductorias de Francisco Diez_, la ocasión podría ser más que propicia para escrutar la gestión anterior de esta ONG y, desde luego, las consecuencias internas y externas que de ella se han derivado.

Sin atribuirle alcances especiales al diálogo ofertado, la propuesta de los "cartesianos" puede verse, en efecto, como una circunstancia inferior, útil; sin embargo, para volver a desnudar los cueros resecos de una fundación venida a menos a causa de su controvertido desempeño en las crisis electorales de Venezuela y Ucrania.

Tal vez no entusiasme a nadie la idea de que esta nueva tanda de diálogo sirva para exponer las extravagantes contradicciones presentes en la actuación, el discurso académico y los valores democráticos de estos "apóstoles" de la democracia. El asunto es comprensible. No obstante, la oportunidad puede resultar de oro si ella se convirtiera en el escenario para debatir la tesitura de las iniciativas más cruciales, que han venido desarrollándose desde el oficialismo en el marco de la "radicalización revolucionaria".

Esa fase del "proceso", que contiene de todo _incluyendo hasta una "guerra asimétrica", por la que todos empuñaremos pronto nuestros fusiles Kalashnikov_, se inició justo después que la doctora McCoy y el señor Diez agitaran sus pañuelos de despedida, complacidos por haber cumplido con la tarea de regalarles a los venezolanos la misma paz que hoy es amenazada por las feroces garras imperiales... Acerca de este capítulo, ambos oferentes poseen información de primera mano. Es conocida la amistad surgida entre éstos y algunas de las autoridades del régimen, con quienes el intercambio electrónico sigue siendo permanente. Entusiastas vigilantes de este interesantísimo "cambio en democracia", según lo llama el señor Diez, "los cartesianos" saben que la oposición ya no pinta _ni para que conste en actas_ en las decisiones sobrevenidas luego del arrebatón referendario. Y todo porque los derechos de palabra, y demás expresiones de debate y tolerancia, han sido limitados al mínimo, a cuenta de una tierra arrasada que acabó con la fe en el mecanismo del voto.

Así, acudir a ese diálogo no es un pecado si se tiene claro el objetivo y su precaria trascendencia. La perversión sería otra: por ejemplo, que el Centro Carter busque ratificar la condición democrática del "proceso", a partir del reflotamiento artificial de la oposición, que es como decir el restablecimiento de la polarización, principal alimento del Presidente.

Y es que, aun animando la tesis del enemigo externo, Hugo Rafael Chávez Frías todavía sigue necesitando a sus contendores internos. Ello, aunque apenas sea otra puesta en escena.



 
 
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