JAVIER BRASSESCO
EL UNIVERSAL
Sus colegas le dicen "El Dios" y la prensa lo conoce como
"El Ogro". Cuando le ponen un tablero enfrente se transforma
al punto que sus contrincantes aseguran que pueden sentir su
tremenda energía y no se sorprenden por el hecho de que
el 13 de abril de 1963 haya habido un fuerte movimiento sísmico
en la ciudad de Baku (Azerbayán). Porque ese día y
en ese lugar vio la luz el ajedrecista más grande de todos
los tiempos: Gary Kasparov.
A partir de hoy estará en acción después de
un año en el que se mantuvo algo alejado del tablero.
Y lo hará frente a seis de sus mejores colegas, con quienes
se estará enfrentando hasta el 10 de marzo en un supertorneo
a doble vuelta.
Linares es el nombre del evento, la competición ajedrecística
más importante del calendario desde 1990. Esta edición
contará no sólo con Kasparov, sino también
con el segundo, tercer, quinto y séptimo clasificados
(Anand, Topalov, Leko y Adams, respectivamente), con una
joven promesa española llamada Francisco Vallejo y
con el campeón mundial de la Fide el ruso Rustam Kasimdzhanov,
quien por cierto iba a disputar un match contra el propio
Kasparov por la reunificación de la corona mundial,
un match que finalmente se cayó por problemas de patrocinio.
Kasparov ya no es tan temible como antes, y muchos cuestionan
hoy su dominio. Sin embargo, cuando en noviembre sacó
por un segundo la cabeza lo hizo para ganar el fuerte
campeonato ruso, finalizando invicto con cinco triunfos
y cinco empates.
A sus cuarenta y un años "La bestia" (ese es otro
de sus sobrenombres, no sólo por su talento sobrenatural
en el mundo de las sesenta y cuatro casillas sino también
por su mal carácter) todavía muerde. Además
muestra una energía envidiable y, al contrario
de ajedrecistas mucho más jóvenes, pelea cada
una de sus partidas. Luchador nato donde los haya, Kasparov
sólo se sacia con la victoria.
Sólo que esta vez la tiene cuesta arriba: enfrentará
a jugadores de primera línea que son todos más
jóvenes que él, está falto de práctica
y su juego ha perdido algo de fortaleza. Sin embargo
ni el más alocado pronosticador puede descartarlo:
veinte años de hegemonía ininterrumpida
avalan al "Dios" Kasparov.