Varsovia. Como ninguna otra palabra, Auschwitz simboliza
el genocidio nazi. El campo de concentración, de cuya liberación
por las tropas soviéticas se cumplen 60 años el jueves
27 de enero, era más que un lugar en el que eran asesinados
sobre todo judíos europeos.
Era un sistema mortal perfectamente estructurado, que explotaba
a sus víctimas hasta su total agotamiento antes de que
fueran a parar a las cámaras de gas _igual que los presos
no aptos para trabajar_, o murieran por hambre, debilidad,
enfermedad o malos tratos, indicó DPA.
El campo ubicado en las afueras de Oswiecim, sur de Polonia,
era el mayor en la maquinaria de exterminio de los nacionalsocialistas.
La Polonia ocupada por los alemanes se convirtió
en escenario del genocidio. Además de Auschwitz,
los nazis levantaron allí los campos de exterminio
de Majdanek, Treblinka, Belzec y Sobibor. Pero en Auschwitz
fue asesinada la mayor cantidad de personas (entre 1,1
y 1,5 millones).
La mayoría de las víctimas _casi 90%_ eran
judíos polacos, alemanes y de los países ocupados
por Alemania.
Otro 10% eran polacos, gitanos, prisioneros soviéticos,
homosexuales, miembros de la resistencia y presos
políticos.
Los primeros prisioneros polacos llegaron a Auschwitz
en junio de 1940.
En marzo de 1941, el Reichsführer de las
SS, Heinrich Himmler, ordenó la construcción
de un segundo campo en Birkenau, a tres kilómetros.
En ese recinto se levantó el verdadero campo
de exterminio, llamado Auschwitz II, y en la cercana
Monowitz, el llamado Auschwitz III, al que respondían
otros 45 subcampos.
En este campo, los presos fueron explotados
como trabajadores esclavos.
Al llegar a Birkenau, los prisioneros eran
obligados a abandonar los vagones de ganado
y formar filas, donde oficiales de las SS
los escogían.
Aquel que era considerado apto para trabajar
pasaba al campo de cuarentena, y luego a
uno de trabajo, donde era registrado y se
le tatuaba su número en el antebrazo.
Los presos considerados no aptos para
trabajar eran asesinados el mismo día
de su arribo en las cámaras de gas
disfrazadas de duchas en Birkenau con
el gas tóxico Cyklon B.
Un comando especial de prisioneros
debía quemar los cadáveres
en los crematorios o en fosas al aire
libre.
A fines de 1944, Himmler ordenó
derribar los crematorios y poner fin
a los gaseamientos. La derrota alemana
era previsible, y debían eliminar
huellas de sus crímenes.
Unos 58.000 prisioneros del campo
fueron desplazados en las "marchas
de la muerte".
Cuando el Ejército Rojo
liberó el campo de Birkenau
el 27 de enero de 1945, encontró
los cuerpos de 600 presos asesinados
pocas horas antes. Sólo rescataron
7.650 prisioneros, enfermos y
cansados.