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Caracas, domingo 23 de enero, 2005  
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DEMOCRACIA / La fusión del pueblo y los militares repudió al "mandón"
La fuerza de una pareja histórica que nadie puede derrotar

La sociedad salió al paso a los propósitos continuistas de Marcos Pérez Jiménez. Tras diversos manifiestos se dan movilizaciones de violencia en cascada, tanto civiles como militares, que culminan en la mañana del 23 de enero de 1958. (Foto Archivo)
No hay ningún poder que se atreva a enfrentar una conjunción semejante a la de 1945. Es el acontecimiento que, en esencia, reitera Venezuela el 23 de enero de 1958. Está de nuevo presente la mancomunidad establecida entre "blusa y uniforme", sobre cuya trascendencia llamó la atención Rómulo Betancourt en el octubre fundacional de la democracia

ELIAS PINO ITURRIETA

ESPECIAL PARA EL UNIVERSAL

LA COSTURA DE DOS FACTORES. En su primera alocución como presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno, en octubre de 1945, Rómulo Betancourt aseguraba que el régimen recién estrenado era fruto de una alianza "de blusa y uniforme, como en los días estelares de la nacionalidad". En efecto, la reunión de unos oficiales subalternos del Ejército con la muchedumbre que ya representaba el partido Acción Democrática, había liquidado la autoridad del posgomecismo expresada todavía en la administración del general Isaías Medina Angarita.

La soberanía del pueblo y la legitimidad democrática, conculcadas desde 1908 por una sangrienta tiranía que se fue moderando a partir de la administración del general Eleazar López Contreras, se restituían gracias a la congregación de dos elementos que hasta entonces jamás se habían juntado en la fragua de una ocurrencia capaz de influir en el destino de la sociedad para conducirla hacia una transformación. Antes no había Ejército, ni acaso tampoco un pueblo organizado cabalmente, desde luego.

Quizá la confluencia de los dos elementos no se diera de manera tan expresa y evidente ahora _hubo un sigilo en la preparación de los acontecimientos de octubre que no permitió que se observara la potencia de tal unión sino más adelante_, pero fue así en términos simbólicos. Cuando tomaron su aire los acontecimientos del trienio adeco, pudo notarse cómo los dos elementos que se juntaban por primera vez en la historia de Venezuela abrían derroteros inéditos a los hombres que hasta entonces se habían movido dentro de una camisa de fuerza.

El fenómeno se repite en los episodios que cristalizan en la madrugada del 23 de enero de 1958. "Blusa y uniforme" reaparecen en la escena como piezas del mismo elenco estelar, para procurar de nuevo la meta de la democracia. Cuando ejerció por primera vez el poder, el joven Rómulo Betancourt vio en la conjunción una evidencia de "los días estelares de la nacionalidad". ¿No anunciaba la necesidad de que, en lo sucesivo, los dos factores se hicieran parte de un cometido semejante para la solución de los entuertos políticos y para la búsqueda de mudanzas de entidad en la marcha de la sociedad? Para no confundir su voz con la de un profeta, pero también para evitar que los lectores piensen que formulamos una invitación parecida a los mismos protagonistas en la búsqueda de una salvación ante las urgencias de la actualidad, debemos conformarnos con advertir la peculiaridad de los dos hechos históricos, y especialmente del que ahora se conmemora, en la presencia de los dos factores. Como sucedió el 18 de octubre de 1945, durante los sucesos del 23 de enero de 1958 no salieron solos los tanques a la calle para derrocar una administración ilegítima, ni tomó el pueblo a solas las avenidas de las poblaciones con el propósito de rescatar sus derechos escamoteados durante una década. El éxito de la empresa y la alternativa de una posterior metamorfosis dependieron de la articulación de las dos influencias.

REAPARICION EN ENERO. La posibilidad de que el pueblo volviera al protagonismo encuentra explicación en su manera de sobrellevar la dictadura. Desde el 24 de noviembre de 1948 habían vivido los venezolanos en escenarios distintos _la vida cotidiana, la clandestinidad, la cárcel y el exilio_ situaciones de arbitrariedad y represión. El peso de la carga variaba según los tiempos y las actividades, pero estaba presente siempre en un horizonte que en ocasiones podía sortearse para ofrecer testimonios de autonomía. Durante el gobierno de Pérez Jiménez, no sólo tiránico sino también personalista (toda la acción y la obra del Estado obedecen a la voluntad del general), la sociedad jamás se sometió a plenitud. Aunque no realizó una oposición masiva, ni sacrificios gigantescos ni nada por el estilo _esa fue una tarea asumida por unos pocos millares de venezolanos excepcionales_, pudo desenvolverse con relativa comodidad en los más diversos oficios, desde la creación artística hasta la forja de otras famas y fortunas. Poco a poco la sociedad logró imponer al régimen manifestaciones de libertad y de convivencia civilizada. Hasta le permitió la extravagancia de pensar en una Internacional de las Espadas que jamás se mostró de forma explícita, y ciertos desplantes frente a Estados Unidos que se desvanecieron sin provocar mayor desasosiego.

Los militares, por su parte, encuentran una formidable excusa para distanciarse de la dictadura y para pensar en un desenlace abrupto. Son el sostén del perezjimenismo, o así lo ha proclamado el general desde 1952, pero descubren que no sólo han perdido su calidad de pilares esenciales de la administración, sino también su negocio de monopolizadores de los tratos más productivos. De allí que se rebelen contra la influencia de los civiles convertidos en poderosos funcionarios. No alzan su voz contra la cabeza de las milicias, pero la emprenden contra los dignatarios más opulentos y odiados. Mientras los civiles pugnan con un ímpetu cada vez más vigoroso contra los militares, ellos disparan sus dardos contra dignatarios como Laureano Vallenilla y Pedro Estrada hasta sacarlos del juego. ¿No son sus rivales por el favor del mandón y por la posesión de bienes materiales? ¿No son ya el blanco de los dardos de una sociedad cada vez más incómoda con unos gobernantes que no eligió y por los tormentos infinitos que se suceden en los calabozos de la Seguridad Nacional, ampliamente conocidos y repudiados? En ese combate sordo encuentran la posibilidad de lavarse la cara, abren boquetes en los muros del cuartel, llegan a pensar en la prolongación de la administración castrense sin la presencia de Pérez Jiménez _un designio que será arrollado con rapidez por el torbellino popular_ y terminan como viajeros en el itinerario de la conspiración. Destaca en la peripecia, por la pureza de sus intenciones, un alzamiento frustrado el 1 de enero, cuando vuelan sobre Caracas los aviones de la Fuerzas Armadas en rebelión contra su antiguo jefe.

EVENTOS EN DESCRIPCION MINIMA. La vida transcurre según se ha abocetado, hasta el momento en que el pueblo y el Gobierno se plantean el rompecabezas del nuevo período constitucional. Pérez Jiménez había sido elegido por la Asamblea Constituyente, su constituyente, para un período que se extendería desde el 19 de abril de 1953 hasta el 19 de abril de 1958. El dictador suelta ahora ante el domesticado Congreso una frase que delata sus aviesas intenciones: "Quien ha demostrado competencia en el ejercicio del poder, debe continuar en él". Quizá pensara que para legitimar su permanencia en la cúpula bastaba la muestra de las suntuosas edificaciones que levantó en una década de concreto armado y pillaje. Acaso quiso confiar en la mala memoria de sus gobernados, o en lo bien que se habían portado mientras él apuntalaba su cruenta hegemonía. Tal es, sin vacilación y sin mayores subterfugios, el propósito continuista, pero la sociedad se siente ante una encrucijada en cuyo anuncio se levanta la voz de la Iglesia. En una Carta Pastoral del 1 de mayo, el obispo de Caracas lanza la primera piedra justo a un año de las elecciones previstas, refiriéndose a las difíciles condiciones sociales que vive la clase trabajadora. El documento del prelado no se mete en el tremedal de la política, pero desembucha inesperadas críticas en torno a la injusticia que predomina en las relaciones con los sectores desposeídos. Es evidente la conducta diversa de la jerarquía eclesiástica frente a los intereses colectivos, no en balde habían los clérigos llevado en procesión por toda la geografía nacional la custodia de la Virgen de Coromoto en el lustro anterior para congratularse con el régimen. Otro ruido que circulaba de manera subterránea llega a sonar en multitud de destinatarios a partir del 14 de junio, cuando los venezolanos se enteran de la fundación de la Junta Patriótica. Organismo de acción política mancomunada en el cual participan representantes de AD, PC, URD y Copei, anima la resistencia, suscribe sucesivos manifiestos ante el Congreso Nacional, ante las Fuerzas Armadas y ante la nación entera, que los recibe con una curiosidad que en breve se convierte en entusiasmo. Los manifiestos claman contra el continuismo y por el ejercicio de elecciones libres. No transmiten el mensaje de las banderías que han luchado a su modo y por su cuenta desde la clandestinidad, sino la noción de un proyecto compartido para cuya fragua se ha exorcizado el demonio de la exclusión. No están suscritos por unos líderes cuya identidad se conoce, sino por unos misteriosos héroes a quienes idolatran en las barriadas pobres y en las urbanizaciones de las clases acomodadas y a quienes se atribuyen hazañas extraordinarias. ¿Acaso no arriesgaban su vida frente a los siniestros sabuesos de la policía política? Entonces el movimiento estudiantil, inicialmente universitario y luego también liceísta, cobra dimensiones nunca vistas hasta desembocar en la huelga del 17 de noviembre, ferozmente reprimida.

Tal es la reacción de los voceros fundamentales de la colectividad ante la necesidad de enfrentar el reto del próximo período constitucional. Procurando subsistencia en medio de una borrasca que ya es de grandes proporciones, el Gobierno inicia la búsqueda de una fórmula para legalizar su continuidad. Acude con tardanza a la convocatoria de un plebiscito que aclama a la cabeza del régimen merced a la presión de los electores y a una burda madeja de triquiñuelas. Se burla así de la ya ubicua protesta por la falta de democracia. En estas condiciones se dan manifestaciones de violencia en cascada, tanto civiles como militares, que culminan en la mañana del 23 de enero de 1958. Lo que al principio parece una lucha de David contra Goliath, termina en el derrocamiento de la dictadura. La gente se echa a las calles gritando ¡Feliz año!, pero ha hecho mucho más que estrenar el habitual calendario, el almanaque de siempre. Ha abandonado la pasividad y ha cambiado la Historia.

BREVE BALANCE. Ha sucedido una conjunción en extremo paradójica. Los civiles pugnan contra el dominio militar y los militares se levantan contra la interferencia de los funcionarios civiles. Los dos saltan casi a la vez de su chinchorro después de una paciencia que ha pesado durante dos lustros. Los dos regresan a las ejecutorias gloriosas del pasado reciente, poniendo fin a un infructuoso desencuentro. Teniendo razones diversas para el pugilato terminan unidos en la misma causa. Han sacado un inusitado vigor de una hibernación que poco a poco se fue convirtiendo en resorte y espina. Se ve tan robusta la fusión que, ni siquiera quien se ha juzgado como aliado del régimen, el Gobierno de Estados Unidos, se hace presente en la escena. Olvida que tres años antes concedió la Legión del Mérito al mandatario cuestionado y lo abandona a su suerte.

No hay ningún poder, así doméstico como foráneo, que se atreva a enfrentar una conjunción semejante a la de 1945. Es el acontecimiento que, en esencia, reitera Venezuela cuando comienza 1958. Está de nuevo presente la mancomunidad establecida entre "blusa y uniforme", sobre cuya trascendencia llamó la atención Rómulo Betancourt en el octubre fundacional de la democracia. El pueblo en la calle y las Fuerzas Armadas fuera de sus cuarteles constituyen la respuesta a la proclamación de Marcos Pérez Jiménez como presidente constitucional de la República por otro período de cinco años, que ocurre el 20 de diciembre de 1957. Cuarenta y cuatro días más tarde, el aclamado de la víspera escapa veloz hacia Santo Domingo. El pueblo recobra el ejercicio de su soberanía, acompañado por los hombres de armas que repudiaron a un mandón de quien habían sido obedientes subalternos.



 
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