Nos encontramos con Soto en un rincón de Bailadores durante una ya velada tarde de 1988. Allí el maestro había construido una pequeña casa que simulaba bostezar mientras aguardaba impaciente su llegada. La cita la había concertado Iván Vivas, su amigo y compañero de la montaña merideña. La idea era sostener una conversación que buscaría ser publicada en algún medio de comunicación escrito.
Hablamos sin brújula en la mano, Dios y el panteísmo, La Divina Comedia y la luz, Trotsky y Stalin, Ciudad Bolívar y París, los penetrables y el Absoluto, la apariencia y la síntesis, el arte y la política fueron, entre otros, los misterios auscultados en el casi-monólogo del creador.
Cuando se cansaron las palabras, varias horas más tarde, la neblina era dueña de la noche. Le dije a Soto que había dado a luz algo más que un trabajo de ocasión. Un par de semanas después le comenté a Iván Vivas que pensaba que teníamos un extraño libro, donde había confluido un osado neófito del arte con un disimulado sabio que se expresaba a través del arte. El texto sería publicado por el Consejo de Desarrollo Científico de la Universidad de los Andes.
Al enterarse de la noticia, Soto pidió que aguardara su llegada de París, donde se encontraba. No quería que ningún concepto fuera desvirtuado. Siguió su elaboración paso a paso, hasta que la puerta se cerró. Por fin nos despedimos, olvidando en un baúl de la memoria la promesa de proponer un manifiesto para el arte del siglo XXI.
El libro llevó como título No hablemos de Dios. Una segunda edición apareció con otro: No tengo prisa. El pensamiento es uno y único. _AG