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Juan Carlos Palenzuela // La empecinada libertad del arte


HASTA HACE TRES AÑOS, el público de los museos era masivo y, por tanto, heterogéneo. Ello se constataba no sólo los fines de semana, sino incluso una mañana o una tarde cualquiera cuando, al acercarse en plan de visita a algunos de los tres museos caraqueños por excelencia, MBA, MACCSI o GAN, para ver una exposición o, si fuese el caso, recorrer sus salas permanentes, era algo que se hacía, siempre, en compañía de alguien que no conocemos.

Allí estaban unos jóvenes, unos escolares, varios adultos. Invariablemente uno se encontraba con público en la sala. Ahora no. Ahora las salas están desiertas. Hay que decir que ahora la programación es diferente. Las exposiciones son raras, a veces no corresponden a lo que se supone es un museo de arte. Hay una intención panfletaria, de esquema político, de menjurje comunitario, que no necesariamente tiene nexo con la expresión visual y que, incluso puede ser contraria al arte. Como lo que ahora se exhibe carece de interés, la gente, sencillamente, deja de ir.

Ya lo decía un director de uno de esos museos (en mayo de 2003, en El Universal): "Mientras la construcción de la nueva sede de la GAN continúe estancada, estamos obligados a olvidarnos un poco de la visión académica tradicional de la obra aislada, del espacio sofisticado, de la exquisitez de la exposición". Confieso que no sé qué quiere decir "la visión académica tradicional de la obra aislada". El resto de la idea todavía me produce pena. Sucede que como terminar la construcción de la GAN no está entre las metas del actual gobierno, entonces debemos olvidarnos del espacio sofisticado, de la exquisitez de las exposiciones, del catálogo a tiempo, del ciclo de conferencias, de la regularidad y variedad de las exposiciones, de la proyección social del museo y de la prioridad que constituye el público. Olvidémonos, simplemente, del museo.

OLVIDARSE DE LOS MUSEOS quizás sea un propósito político. Olvidarse de lo que alguna vez fueron instituciones abiertas a un público grueso, con un altísimo sentido de la calidad de lo que se ofrecía. Ya eso pertenece al pasado. El presidente del Conac lo dijo: "Se eliminarán las fundaciones de los ocho museos existentes". Luego, lejos de crear más museos, de fortalecer sus respectivas direcciones, darles libertad de acción, de lo que se trata es de negar la descentralización que, en el campo cultural, tanto bien había hecho. "Cuando los criterios de lo político, advertía María Elena Ramos en junio de 2002, empiezan a intervenir, esto se acaba". Y esto que se acaba es el trabajo cultural en base a calidad y libertad.

¿Qué podría suceder con los museos de aquí en adelante? preguntó un periodista a Ramos, y su respuesta fue muy simple: "Me preocupan los patrimonios". Es decir, ya la imagen de las instituciones fue seriamente dañada por la politiquería. ¿Qué pasará con los museos? Por lo pronto, el MACCSI, está desmantelado. Se dice que sus obras fueron distribuidas por aquí y por allá, incluso a una caserna.

SI LA ACTIVIDAD de los museos caraqueños está en un segundo y remoto plano, entonces ver arte se limita a unas cuantas galerías, principalmente la Sala Mendoza, Alternativa, 39, Trasnocho y Spacio Zero, además del Hotel Paseo Las Mercedes, donde Valerie Brathawaite concreta un proyecto. Por allí se muestra la pluralidad del arte de hoy: Pedro Terán, Alexander Apóstol, Sandra Vivas, Onofre Frías, Roger Sanguino, Julián Villafañe, Augusto Lange, Milton Becerra, Pedro Tagliafico, Toña Vegas, Asdrúbal Colmenárez, Mercedes Pardo, Alberto Cavalieri y Patricia van Dalen, entre otros, mientras Eugenio Espinoza hizo una estupenda exposición, "Tequeños", en el Museo Cruz Diez. Luego son las galerías las que se ocupan de ciertas tareas como cuando Trazos, en el Centro Lido, decide celebrar el centenario del nacimiento del maestro Francisco Narváez. Lo que es omitido por el Conac, al menos es conmemorado por los escultores y una galería.

Entretanto sucede la destrucción de las obras de arte situadas en el espacio citadino, Otero, Soto, Cruz Diez, María Lionza... Si en esos casos se debía al vandalismo de los infelices que recorren la ciudad buscando metales para revender, y en María Lionza a la posible acción a la fuerza del municipio, en lo que respecta a Colón en el Golfo Triste, de Rafael de la Cova, la destrucción se hizo a plena luz del día y ante la prensa, por un grupúsculo de fanáticos politizados y ante la indiferencia de las autori dades.

UN TEMA EN ESTOS tiempos es la utopía derruida. Alexander Apóstol lo enfoca hacia la ciudad, el espacio público y el secuestro, el deterioro, desmantelamiento y degradación del mismo. Pero quizás sea algo más grave pues trasciende la belleza de las ciudades y su urbanismo modernista, desde el mismo momento en que toca una concepción de vida, la democracia, la libertad del hombre, el imperio de la justicia. Al trastocarse estos conceptos surgen el autoritarismo, el fanatismo, la violencia. Entonces todo lleva ese signo y hasta el premio nacional es politizado. Ender Cepeda ha podido ser un buen premio de artes plásticas, pero escogió inclinarse ante un poder desmesurado, de signo militarista, que se irrita ante lo que significan sus "Maleconeros". Ahora al artista premiado se le exige silencio (¿será esto sinónimo de complicidad?) y esa condición, simplemente, es la negación de la creación. Sería más fácil suprimir la entrega del premio nacional, total ello denota la exaltación del individualismo.

A PESAR DEL PROCESO de retroceso de la democracia, resiste el sentido libertario. Por la iniciativa privada se realiza la FIA, contra todas las adversidades y ahora, además, Maracaibo inauguró una Feria de Arte y Antigüedades. Pero el ministro del Conac declara que no es partidario de comprar en subastas (El Universal, 4-XI2004), ni en ferias, podríamos completar. Con esa primitiva manera de pensar el único que pierde es él, es decir, lo que él representa: los museos y, por extensión, el pueblo venezolano. Ya no estarán las obras de Arturo Michelena en el país, como tampoco estarán en las colecciones públicas Jardín de Versalles de Manuel Cabré, de 1920; Retrato de Pascual Navarro de Alejandro Otero, de 1945; una escultura en homenaje al petróleo, sin título, de Víctor Valera, de 1955; Grabado 44 de Luis Chacón, de 1963; Mujer con flores de Antonio José Fernández, de los años setenta; Dos mujeres de Iván Petrovszky, de 1977 y Autorretrato de Ender Cepeda, de 1985, por referir algunas cuantas piezas magistrales ofrecidas en la Sala Mendoza.

Queda, entonces, la iniciativa privada, como cuando se suman voluntades alrededor de 20 Nueva miradas. Jóvenes Pintores Venezolanos, un libro de ciento veinte páginas, editado por Soledad Mendoza, en el que se registran la pintura de un tiempo diferente, sean los cuadernos de botánico de Vladimir Da'Costa, la fauna de Roger Sanguino, las cruces de Roberto Notarfrancesco, los heladeros de Julián Villafañe, los paisajes de Juan Araujo, la transparencia de Jonidel Mendoza o la fuerte expresividad de Enay Ferrer, José Vivenes o Starsky Brines, entre otros. Con ellos, en medio de la tormenta, persiste la fe en el arte venezolano.




 
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