HASTA HACE TRES AÑOS, el público de los museos
era masivo y, por tanto, heterogéneo. Ello se constataba
no sólo los fines de semana, sino incluso una mañana
o una tarde cualquiera cuando, al acercarse en plan de visita
a algunos de los tres museos caraqueños por excelencia,
MBA, MACCSI o GAN, para ver una exposición o, si fuese
el caso, recorrer sus salas permanentes, era algo que se hacía,
siempre, en compañía de alguien que no conocemos.
Allí estaban unos jóvenes, unos escolares, varios
adultos. Invariablemente uno se encontraba con público
en la sala. Ahora no. Ahora las salas están desiertas.
Hay que decir que ahora la programación es diferente.
Las exposiciones son raras, a veces no corresponden a lo que
se supone es un museo de arte. Hay una intención panfletaria,
de esquema político, de menjurje comunitario, que no
necesariamente tiene nexo con la expresión visual y que,
incluso puede ser contraria al arte. Como lo que ahora se
exhibe carece de interés, la gente, sencillamente, deja
de ir.
Ya lo decía un director de uno de esos museos (en mayo
de 2003, en El Universal): "Mientras la construcción
de la nueva sede de la GAN continúe estancada, estamos
obligados a olvidarnos un poco de la visión académica
tradicional de la obra aislada, del espacio sofisticado, de
la exquisitez de la exposición". Confieso que no sé
qué quiere decir "la visión académica tradicional
de la obra aislada". El resto de la idea todavía me produce
pena. Sucede que como terminar la construcción de la
GAN no está entre las metas del actual gobierno, entonces
debemos olvidarnos del espacio sofisticado, de la exquisitez
de las exposiciones, del catálogo a tiempo, del ciclo
de conferencias, de la regularidad y variedad de las exposiciones,
de la proyección social del museo y de la prioridad que
constituye el público. Olvidémonos, simplemente,
del museo.
OLVIDARSE DE LOS MUSEOS quizás sea un propósito
político. Olvidarse de lo que alguna vez fueron instituciones
abiertas a un público grueso, con un altísimo
sentido de la calidad de lo que se ofrecía. Ya eso
pertenece al pasado. El presidente del Conac lo dijo: "Se
eliminarán las fundaciones de los ocho museos existentes".
Luego, lejos de crear más museos, de fortalecer sus
respectivas direcciones, darles libertad de acción,
de lo que se trata es de negar la descentralización
que, en el campo cultural, tanto bien había hecho.
"Cuando los criterios de lo político, advertía
María Elena Ramos en junio de 2002, empiezan a intervenir,
esto se acaba". Y esto que se acaba es el trabajo cultural
en base a calidad y libertad.
¿Qué podría suceder con los museos de
aquí en adelante? preguntó un periodista a Ramos,
y su respuesta fue muy simple: "Me preocupan los patrimonios".
Es decir, ya la imagen de las instituciones fue seriamente
dañada por la politiquería. ¿Qué pasará
con los museos? Por lo pronto, el MACCSI, está desmantelado.
Se dice que sus obras fueron distribuidas por aquí
y por allá, incluso a una caserna.
SI LA ACTIVIDAD de los museos caraqueños está
en un segundo y remoto plano, entonces ver arte se
limita a unas cuantas galerías, principalmente
la Sala Mendoza, Alternativa, 39, Trasnocho y Spacio
Zero, además del Hotel Paseo Las Mercedes, donde
Valerie Brathawaite concreta un proyecto. Por allí
se muestra la pluralidad del arte de hoy: Pedro Terán,
Alexander Apóstol, Sandra Vivas, Onofre Frías,
Roger Sanguino, Julián Villafañe, Augusto
Lange, Milton Becerra, Pedro Tagliafico, Toña
Vegas, Asdrúbal Colmenárez, Mercedes Pardo,
Alberto Cavalieri y Patricia van Dalen, entre otros,
mientras Eugenio Espinoza hizo una estupenda exposición,
"Tequeños", en el Museo Cruz Diez. Luego son
las galerías las que se ocupan de ciertas tareas
como cuando Trazos, en el Centro Lido, decide celebrar
el centenario del nacimiento del maestro Francisco
Narváez. Lo que es omitido por el Conac, al menos
es conmemorado por los escultores y una galería.
Entretanto sucede la destrucción de las obras
de arte situadas en el espacio citadino, Otero,
Soto, Cruz Diez, María Lionza... Si en esos
casos se debía al vandalismo de los infelices
que recorren la ciudad buscando metales para revender,
y en María Lionza a la posible acción
a la fuerza del municipio, en lo que respecta a
Colón en el Golfo Triste, de Rafael de la Cova,
la destrucción se hizo a plena luz del día
y ante la prensa, por un grupúsculo de fanáticos
politizados y ante la indiferencia de las autori
dades.
UN TEMA EN ESTOS tiempos es la utopía
derruida. Alexander Apóstol lo enfoca hacia
la ciudad, el espacio público y el secuestro,
el deterioro, desmantelamiento y degradación
del mismo. Pero quizás sea algo más
grave pues trasciende la belleza de las ciudades
y su urbanismo modernista, desde el mismo momento
en que toca una concepción de vida, la
democracia, la libertad del hombre, el imperio
de la justicia. Al trastocarse estos conceptos
surgen el autoritarismo, el fanatismo, la violencia.
Entonces todo lleva ese signo y hasta el premio
nacional es politizado. Ender Cepeda ha podido
ser un buen premio de artes plásticas,
pero escogió inclinarse ante un poder desmesurado,
de signo militarista, que se irrita ante lo
que significan sus "Maleconeros". Ahora al artista
premiado se le exige silencio (¿será
esto sinónimo de complicidad?) y esa condición,
simplemente, es la negación de la creación.
Sería más fácil suprimir la entrega
del premio nacional, total ello denota la exaltación
del individualismo.
A PESAR DEL PROCESO de retroceso de la
democracia, resiste el sentido libertario.
Por la iniciativa privada se realiza la
FIA, contra todas las adversidades y ahora,
además, Maracaibo inauguró una
Feria de Arte y Antigüedades. Pero
el ministro del Conac declara que no es
partidario de comprar en subastas (El Universal,
4-XI2004), ni en ferias, podríamos
completar. Con esa primitiva manera de pensar
el único que pierde es él, es
decir, lo que él representa: los museos
y, por extensión, el pueblo venezolano.
Ya no estarán las obras de Arturo Michelena
en el país, como tampoco estarán
en las colecciones públicas Jardín
de Versalles de Manuel Cabré, de 1920;
Retrato de Pascual Navarro de Alejandro
Otero, de 1945; una escultura en homenaje
al petróleo, sin título, de Víctor
Valera, de 1955; Grabado 44 de Luis Chacón,
de 1963; Mujer con flores de Antonio José
Fernández, de los años setenta;
Dos mujeres de Iván Petrovszky, de
1977 y Autorretrato de Ender Cepeda, de
1985, por referir algunas cuantas piezas
magistrales ofrecidas en la Sala Mendoza.
Queda, entonces, la iniciativa privada,
como cuando se suman voluntades alrededor
de 20 Nueva miradas. Jóvenes Pintores
Venezolanos, un libro de ciento veinte
páginas, editado por Soledad Mendoza,
en el que se registran la pintura de un
tiempo diferente, sean los cuadernos de
botánico de Vladimir Da'Costa, la
fauna de Roger Sanguino, las cruces de
Roberto Notarfrancesco, los heladeros
de Julián Villafañe, los paisajes
de Juan Araujo, la transparencia de Jonidel
Mendoza o la fuerte expresividad de Enay
Ferrer, José Vivenes o Starsky Brines,
entre otros. Con ellos, en medio de la
tormenta, persiste la fe en el arte venezolano.