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Caracas, viernes 31 de diciembre, 2004  
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"Con el tablero delante aprendí que a veces todo depende de mi"

"Yo aprendí a jugar ajedrez justo en el momento en que tenía una de las grandes decepciones de mi vida: el equipo del Marítimo, en donde yo era centro delantero, acababa de desintegrarse. Yo me sentía muy mal y el ajedrez me ayudó mucho en ese momento. De repente me di cuenta de una gran diferencia, algo a lo que yo no estaba acostumbrado en mi mundo futbolístico: ahí, en ese mundo de las sesenta y cuatro casillas, todo dependía de mí. No es como en fútbol, en donde uno puede cometer un error y de repente un compañero tuyo lo subsana. En ajedrez estás jugando sin red, es un juego individualista, y eso siempre me llamó la atención al principio.

También me aislaba, y eso puede ser malo a veces, lo sé, pero en ese momento yo necesitaba estar sólo conmigo mismo y el ajedrez me brindó esa oportunidad. Fue como descubrir todo un nuevo mundo, porque el ajedrez es como la vida: a veces debes tomar una decisión sin saber si es la correcta o no y no tienes más remedio que confiar en tu intuición o en una corazonada que puede terminar resultando cierta o no, y en otras ocasiones sí estás más seguro de lo que haces porque has sido capaz de analizar correctamente lo que puede venir; además el ajedrecista siempre está corriendo riesgos, como todos nosotros en la vida. El ajedrez es humanidad y divinidad, yo diría que es la búsqueda de la verdad y darte cuenta al mismo tiempo que la Verdad, así con mayúscula, no existe, que lo que hay son verdades parciales. De ahí la dificultad de enseñar a una máquina a jugar bien. La computadora tiene un poder de cálculo bestial, cientos de miles de veces superior al de cualquier ser humano, además de que puede almacenar en su memorias miles de partidas y todas las aperturas conocidas, no se distraen, no se cansan, no tienen hambre o sed, ni piensan en otra cosa que no sean cientos de miles (y a veces millones) de jugadas por segundo, y sin embargo no son invencibles. ¿Por que? Porque el ajedrez no sólo es cálculo, es arte, es creación, intuición, sentido común, sexto sentido, envuelve cosas que ni siquiera pueden explicarse.

Este juego me brindó además mis primeras auténticas satisfacciones. Cuando empecé a jugar yo vivía en Las Minas de Baruta y trabajaba en un abastico mínimo que también era tintorería, y recuerdo lo contento que me sentía cada vez que le ganaba al dueño, que era cada vez que jugábamos. También me trajo algunos problemas, pues en las clases me distraía haciendo partidas mentalmente y anotándolas en mi cuaderno; incluso un profesor de química una vez me pilló y me quitó el cuaderno en donde yo tenía mis anotaciones de ajedrez, pero no entendía no me hizo nada.

Pero sobre todo yo me puse muy contento la primera vez que vi mi nombre impreso en un periódico. El Maestro Nacional Mauro Quintero, ya fallecido, realizaba un torneo todas las semanas debajo del puente de las Fuerzas Armadas, y en su columna dominical en Ultimas Noticias, Ajedrez al Día, publicaba los nombres de los cinco primeros. Pues bien, la primera vez que participé en uno de esos torneos obtuve el quinto lugar, justo lo necesario para salir en la crónica de Quintero. Yo estaba contentísimo.

 

 
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