EN SEPTIEMBRE DEL AÑO 2000, Yasir Arafat era el jefe de la autoridad palestina, con una fuerza policial-militar de cerca de diez mil hombres y el 92% del territorio que reclamaba bajo su única jurisdicción, Israel se había retirado. Faltaban dos semanas para que Israel le entregase un 6% adicional y quedaría un 2% a ser resuelto y a pesar que Arafat y Barak no pudieron ponerse de acuerdo para firmar un documento de paz, la oportunidad de declarar un Estado palestino independiente en el 98% de los territorios se daba como un hecho. Los acuerdos de Oslo de ocho año antes, estaban a punto de justificar los premios Nobel recibidos.
Arafat no llega a ese momento cumbre vestido de blanco y con el aura de un santo. Todo lo contrario, su vida fue un torbellino de barbaridades, fue el inventor del terrorismo moderno con el secuestro de aviones y embarcaciones civiles, atentados contra instituciones y personas inocentes, no importaba quiénes morían, la ética y la moral habían tomado vacaciones cuando Arafat delineó los propósitos de su movimiento.
Nació en El Cairo y sus primeros 25 años fueron los de cualquier adinerado joven de la época, su disfunción social lo lleva a no tener relación con mujeres hasta que hace diez años, ya viejo, y por razones estrictamente políticas, contrae matrimonio. Luego de fundar Al Fatah, se dedica a extorsionar a regímenes árabes y con los años, se convierte en uno de los hombres más ricos del mundo árabe. Su inmensa fortuna, producto de fondos que pertenecían al pueblo palestino, lo convierten en uno de los grandes corruptos del planeta.
Pues bien, faltando tan poco, Arafat tuvo que decidir entre gobernar un nuevo país, construir escuelas, hospitales, universidades, seguridad social y un sistema de justicia, o darle un palo a la lámpara y volver a lanzar a su pueblo por el despeñadero de la violencia, la desesperanza y el odio. De haber escogido la primera opción, hubiese tenido que compartir el poder con los burócratas y profesionales que manejarían las instituciones democráticas de una nueva nación. Al final venció su ilimitado narcisismo y creyéndose Dios escogió la muerte en contra de la vida.
Al final de la vida de cualquier ser humano, lo que vale es el balance de sus acciones y los resultados que éstas produjeron. El triste balance de 44 años de acción es muerte y desolación para su pueblo y la proliferación de tumbas de inocentes civiles, árabes y judíos.
La gran lección que pudiésemos derivar de lo anterior, es que permitir a un hombre erigirse como hegemón, sin exigir resultados, termina siendo un cáncer que se perpetua. Todos los dictadores y hombres providenciales dejan a sus pueblos exhaustos y empobrecidos en todo sentido, mientras ellos mueren tranquilos en una cama de plata. ¡Será!
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