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| Caracas, domingo 24 de octubre, 2004 | |||||||||||
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Carlos Blanco // Tiempo de palabra ¿La mejor opción? ninguna El debate sobre lo que conviene hacer a la oposición en las elecciones regionales está atravesado por el pecado original del fraude del 15 de agosto. Para el Gobierno, la próxima consulta sólo es el remate de una estafa a la que pondrá fin con broche de oro o de plomo, según las necesidades. Para la oposición, ninguna de las opciones que tiene ante sí es óptima, todas las fórmulas tienen la calidad de "peor es nada" dadas las circunstancias en las que se produce el evento. De allí que las recriminaciones sobre las conductas ciudadanas hacia el 31 de octubre carecen de pertinencia y utilidad. Cada ruta tiene escasos beneficios y altos costos, y todas son calamitosas; consecuencia del fraude anterior.
HACIA EL DESEO votar es un acto que es esencial para la constitución de la condición ciudadana. El que vota, se supone, elige, y de esa forma participa en el gobierno de la comarca. De allí que la democracia genere una compulsión hacia el voto. Es la mínima acción individual que hace a cada quien partícipe de lapolis, lo cual no es poca cosa. Con los antecedentes del fraude de agosto se ha producido el desencanto conocido; tal es la razón que ha colocado en entredicho las bondades del voto. Se sabe que entre el Consejo Nacional Electoral, Smartmatic y el Plan República puede apretarse un botón y en la pantalla aparecer la señal de costumbre. Es por eso que casi nadie quiere ser partícipe de una jornada de onanismo electoral. A partir de allí han surgido diversas sugerencias, algunas de las cuales se han aireado desde esta esquina. La que sonaría más lógica es la de deshacer los entuertos que hicieron posible el fraude: corregir el Registro Electoral, someter la automatización a escrutinio abierto, admitir la cuenta de los votos físicos, hacer de la organización un proceso transparente, impedir la parcialización de los militares y meter en cintura al señor ése, al cual le dan ataques de mal de rabia. Dado que no es posible lograr lo anterior para el 31 de octubre, porque los plazos previstos en la Ley del Sufragio son taxativos, entonces la salida más adecuada es la suspensión de las elecciones.
NO A LAS ELECCIONES DEL 31. Hay una presión importante para que las elecciones no se realicen. Desde los que piensan que hay que impedirlas, sin decir exactamente cómo, hasta los más dulcificados que, como este narrador, aspiran a su aplazamiento. Impedirlas requiere un acto de fuerza cuya condición material no se observa, al menos a simple vista; en tanto que aplazarlas sugiere una presión de opinión pública consecutiva e intensa para demostrar su inviabilidad. La oposición, golpeada como está y sin dirección, no tiene fuerza, según parece, para imponer por sí misma un aplazamiento, a menos que ocurriera un imprevisto e imprevisible "Caracazo" electoral; sólo si a algunos factores del régimen también les interesara, como ocurrió en pasadas elecciones (el 28, el 28, el 28...), podría suceder. Sin embargo, no parece ser el caso; por el contrario, quieren imponer a navajazo limpio las elecciones regionales porque consideran, no sin razón, que es su oportunidad de barrer, dado el escepticismo de la sociedad democrática. No hay que ser cándido para entender que cuentan con esa desilusión de los opositores y con la convicción de que el fraude del 15 de agosto sólo se completa con el que tendrá lugar ahora; si ayer ganaron en todos los estados menos en uno, ¿cómo ahora justificarían perder? Con el fraude montado y las elecciones ya fijadas, con escasas _pero no inexistentes_ probabilidades de suspenderse, las respuestas se han orientado, en unos casos, hacia la participación, de acuerdo a la vieja tesis del realismo político que aconseja "del lobo, un pelo"; en otros casos, la furia ciudadana se dirige hacia la abstención, sea ésta militante, desganada o triste, según los casos.
OPCIONES DE HOY en el supuesto de la realización del evento del 31 de octubre, la posibilidad de suspender la elección está en el retiro masivo de los candidatos, al menos de los más emblemáticos; sin embargo, Enrique Mendoza, Henrique Salas Feo, Manuel Rosales, Eduardo Lapi, Luis Lippa y varios alcaldes, junto a la hemorragia de candidaturas que los circunda, han dicho que van a participar para "defender los espacios", tesis rodeada de interrogantes. En cualquier caso, no parece haber fuerza humana que los convenza de una actitud diferente; así, se presentarán y, sin duda, estimularán la participación de muchos ciudadanos que no quieren ver a sus circunscripciones municipales y estadales en manos del régimen. Del otro lado, existe una tendencia que, al menos hasta la fecha, parece muy importante, que procura la abstención, la cual, en caso de no ser una conducta masiva, puede perderse en el tremedal de quienes cantarán victoria el 31 de octubre y será a los abstencionistas a quienes los jefes políticos derrotados les echarán la culpa de su fracaso. Caso distinto sería si la abstención fuese abrumadora, lo que hoy sólo es posible como respuesta espontánea de la sociedad porque no hay nadie, con la representatividad suficiente, que pueda llamar con solidez y eficacia a esa estrategia. En las condiciones de ausencia de una dirección representativa, seria y coherente, ni la participación en el marco del fraude ni la abstención parcial resuelven nada; y ninguna impide que se plasme el fraude, parte II. En este contexto, acusar de bobos a los ciudadanos que participan o de extremistas a los que se abstienen carece de sentido político y sólo servirá para dividir más a un pueblo cuyo poder ha sido escamoteado tanto por el régimen como por una dirección incompetente. A veces hay múltiples opciones que la vida y las luchas se encargan de reducir y, finalmente, convertir en una sola. Así ocurrió cuando se discutía en 2003 sobre lo que era mejor, si el RR o la enmienda constitucional, si la Asamblea Constituyente o la insistencia en la renuncia de Chávez; después de mucho debate y mucho Carter, se perfiló el referendo como la mejor salida. Así se debían depurar las iniciativas en este momento; la diferencia es que no hay tiempo y es demasiado fuerte la convicción del fraude como para hacer filigranas en torno a la concurrencia al acto electoral. Queda el ámbito de la ética para decidir la cuestión: cada cual, en el territorio de sus afectos y de su intimidad, decidirá en conciencia lo que cree que debe hacer. Lo que pase el 31 de octubre, si las elecciones no se impiden, suspenden o aplazan, va a ser la consagración del invierno democrático. Finalmente pasará a retiro todo un elenco dirigente que no pudo, no supo o no quiso interpretar la fuerza de la calle. El 1 de noviembre, como quien se despierta con una inmensa resaca, tal vez tristes, contando los caídos en el campo de batalla, será el tiempo de construir nuevos proyectos, con nuevas ideas y nuevos dirigentes. No amanecerá donde se quiso y esperó; pero, ama necerá en algún espacio sorpresivo.
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