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Caracas, domingo 26 de septiembre, 2004  
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ANALISIS // El dilema de los comicios de octubre
Dos rutas, un mismo destino

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Argelia Ríos y Agustín Blanco Muñoz disertan sobre el futuro de las elecciones regionales. Ríos cree que si las palabras no se las lleva el viento, la abstención se impondrá como "política" y el chavismo aplicará su "tierra arrasada". Por su parte, Blanco Muñoz advierte que el problema no reside en la discusión entre participar o abstenerse.

Argelia Ríos

Los dos caminos parecen conducir a un mismo puerto. Participar en las elecciones regionales, o apelar al abstencionismo en plan de protesta cívica, poco añadiría a la coyuntura que sobrevendrá tras la jornada. Ninguna de las dos opciones representa una oportunidad para transformar el drama de la oposición venezolana.

En ambos casos, ella está condenada a un nuevo revés, que apenas calificará como un "episodio" más de la historia que comenzó a escribirse luego del referendo revocatorio. Esa historia cuenta la inexorable defunción del modelo democrático liberal, ensayado durante cuatro décadas, y el surgimiento de un modelo político, económico y social de características aún desconocidas.

Así, el dilema de acudir o no a la próxima cita comicial, es idéntico a las encrucijadas anteriores. Las dos alternativas a la mano no ofrecen una senda prometedora para los distintos componentes de la oposición, salvo para las más jóvenes excepciones. En términos prácticos, el trance no permite siquiera ponderar la escogencia entre "lo malo" y "lo peor"... El postrevocatorio -más que el propio 15-A- transformó radicalmente el ecosistema político nacional, de donde hoy resalta la devastación -casi total- de la disidencia. La cuestionable respuesta ofrecida en las horas y semanas siguientes al referendo, es una marca tremenda, entre cuyas consecuencias se cuenta, precisamente, la dramática disyuntiva de ir o no a la jornada regional y local.  Ello, sin contar el efecto sombrío que el aprieto comienza a tener en la posibilidad de reelección de gobernadores y alcaldes, que antes del RR se daban como seguros ganadores.

Con o sin trampa
La dimensión de la tragedia se mide en la bancarrota de la mayor parte del paisaje opositor venezolano. Sobre todo de quienes en su momento conspiraron contra el RR desde las entrañas de la propia CD, para privilegiar -en deficiente cálculo- "ganancias extraordinarias" en las gobernaciones y alcaldías... El caso es que el país llegó a este punto en el cual es inocultable el fortalecimiento del Gobierno. Este hecho nada sorpresivo -porque la gente suele jugar a ganador-  explica el tamaño de la dificultad de la decisión ante la que se encuentran los oponentes del régimen bolivariano. Ir a las elecciones no sólo implica la posibilidad de una nueva derrota por la vía del fraude. La victoria del chavismo, debe saberse, también puede ocurrir sin que operen los lóbregos mecanismos del CNE oficialista. En primer lugar, por el fenómeno de la "abstención-castigo", en el que hoy milita -por diversidad de motivos- una parte importante de la población opositora. Y luego, aparte del forfait, por lo que se conoce como "la dinámica propia" de la descentralización, conforme con la cual los propios adversarios de a pie podrían adoptar una posible postura pragmática. Por ejemplo, sufragar por los candidatos del kino-Chávez, para darse gobernadores y alcaldes capaces de asegurarle a sus regiones y municipios un ventajoso flujo de recursos... Y es que, todo puede ocurrir...
Visto de este modo, y aunque el CNE se esmere en ponerle minas a la transparencia, nadie puede descartar un triunfo "relativamente limpio" del chavismo. Tanto más si se produjera una combinación de situaciones cercanas a las descritas... Basta echar un vistazo a las encuestas regionales y locales realizadas después del revocatorio, para reconocer las expresiones político-sociales de los rápidos e intensos "reacomodos" ocurridos en el plano económico y mediático. Las copias, pues, parecen al calco, y constituyen una amenaza más que seria hasta para los candidatos opositores mejor blindados. El tema remite a la desnaturalización del espíritu del proceso "descentralizador": algo que no sería una rareza en estos tiempos revolucionarios, cuando la "institución del voto" no encuentra defensa ni en el mismísimo Poder Electoral. Para muestra, allí está la desaplicación, por el propio CNE, de la Ley Orgánica del Sufragio y de Participación Política.

Viaje hacia la nada
 Esta última circunstancia,  agrega un ingrediente terrible a los hechos, pues las demandas del nuevo comando de campaña recién constituido por gobernadores y alcaldes, giran en torno a la estricta aplicación de este instrumento legal... ¿Qué ocurrirá cuando se dé cómo un hecho incontrovertible el desconocimiento de la Ley del Sufragio? ¿Acaso estamos en la antesala de un llamado a la abstención? Quizás sea ésa la consecuencia lógica de todo cuanto el país está presenciando. En todo caso, la oposición tiene poco tiempo para decidir. Las "condiciones mínimas" brillarán por ausencia, con lo cual los candidatos de la oposición deberán decidir qué valor tiene su palabra. Si las palabras no se las lleva el viento, la abstención se impondrá como "política" y el chavismo aplicará su "tierra arrasada". Tal vez, sin embargo, convenga en "ceder" algunos espacios, irrelevantes o no. Nada extrañaría que algunas figuras regionales y locales de la oposición prefieran probar suerte, aun con el sol en las espaldas. No faltará, incluso, quien reciba la ayuda económica del Gobierno, interesado como estará el presidente Chávez en desintegrar a sus adversarios, mientras "legitima" la jornada.
Allí mismo está la respuesta de la solidez y utilidad de una política abstencionista. Llegado el momento de convocarla, no toda la oposición se inclinará por acatarla. Si eso ocurre -lo que es probable-, tal vez su impacto resultará inocuo. Lo mismo que sucedería si una política de abstención no tiene el acompañamiento de un plan de lucha, que le proporcione a los oponentes nuevas banderas de sobrevivencia. El punto, por lo visto, también desemboca en la nada, pues difícilmente los ciudadanos aceptarán hacerse falsas expectativas para probar otra vez la amargura del fracaso. Así, ni una cosa ni la otra luce como opción luminosa. Defender la Ley, ciertamente, es defender el Estado de Derecho. Lo mismo que defender el derecho al voto, aun en su desvalorización actual... El problema, sin embargo, radica en la opacidad de los resultados de la solución del dilema original: votar significa defender un "derecho", más que cumplir un deber. Su consecuencia, sin embargo, no trascenderá de la reivindicación de un principio, lo que, ciertamente, no es poca cosa. No hacerlo, también es una forma de exaltar ese valor, aunque tal camino  conduciría exactamente al mismo ancladero. A menos, claro está, que algún imponderable convierta a la abstención en un hecho transformador.  Bien para efectos de "la agenda", o bien, para efectos de una "vanguardia"...



 
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