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Caracas, domingo 26 de septiembre, 2004  
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Manuel Caballero // "Yo no acepto la Presidencia"

"Es cierto que antes de ser derribados, los gobierno se caen solos. Pero si tiene enfrente a una sociedad abúlica, que rehúsa la pelea, ese derrumbe puede durar más que la caída del Imperio Romano"

¿Hasta cuando seguirá Hugo Chávez tomando a los venezolanos por imbéciles? Es falso que la propuesta de Velásquez Alvaray para extender la posibilidad de reelegir a Chávez, para amarrarlo al poder "hasta que la muerte los separe", haya sido inconsulta; que Chávez no la conociese. ¿Es posible imaginar que en un movimiento que no por casualidad se llama "chavismo" pueda alguien tomar una iniciativa de ese tipo sin el conocimiento si no la aprobación del monócrata?

¿Es posible, además, imaginar a alguien tan inconsistente, tan insignificante política e intelectualmente como el novísimo candidato al TSJ, a ese sumiso peón actuando sin la previa aprobación de su capataz?

De los mismisimos labios. Eso no es todo: la amenaza de permanecer en el poder "hasta el 2021" proviene de los labios del mismísimo locatario de Miraflores. Se combinan allí el deseo de una presidencia vitalicia y el sueño de presidir los fastos de los doscientos años de Carabobo, acaso para entonces, por una decisión también "inconsulta" del Congreso (y quién sabe si a proposición del propio Velásquez Alvaray), ascendido a Mariscal y Aclamado por los Pueblos como "el segundo Libertador" (título que por cierto, ya suele darle en sus artículos la señora Lina Ron, y es bien sabido que la voz del pueblo es la voz de Dios).
Todo eso nos trae a la memoria, acaso por deformación profesional, un episodio histórico. En mayo de 1929, los congresistas van hasta Maracay para pedirle al general Gómez, ya "retirado" a cuidar sus negocios, que acepte de nuevo sacrificarse por la patria y reasuma la Presidencia de la República. El Benemérito los deja colgados de la brocha con una respuesta no para ellos sino para la Historia, para el bronce: "Yo no acepto la Presidencia de la República".

Comandante en jefe. Semejante desprendimiento de aquel criollísimo Cincinato lo remataba así el jefe de la Rehabilitación: "pero sí quiero que me nombren Comandante en Jefe del Ejército". Los sumisos congresantes, en otra decisión de seguro inconsulta, separaron (antes o después de esa declaración) los cargos de Presidente de la República y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas para reunificarlos más tarde, cuando, por fin, el Benemérito asuma de nuevo la Jefatura del Estado.
Ni aquellos mismos que se lo proponían creían en la sinceridad del general Gómez al rechazarlos. Es más, no dejaban de aprovechar el aparente desdén del Benemérito por las zalemas y adulaciones para gritar por los techos, proclamando a los cuatro vientos "la austeridad republicana del Jefe de la Nación".
De modo pues, que nada hay nuevo bajo el sol. El insincero rechazo de Chávez a la "inconsulta" proposición de reelegirlo hasta "el infinito negro donde nuestra voz no alcanza" (como no hubiese dejado de decir José Asunción Silva) tiene letras de nobleza: provienen del más provecto y absoluto tirano que hayamos conocido.

En el morral. Cuyo ejemplo llevan en el morral todos los aspirantes al mando incompartido, como el bastón de mariscal en el morral de los soldados rasos.
El aparente regaño de Chávez a uno de sus más sumisos perritos falderos trae también a la memoria aquella máxima de los Donjuanes ingleses: "cuando una dama dice no, quiere decir tal vez, cuando dice tal vez quiere decir sí; cuando dice sí no es una dama".
Ya sabemos pues qué quiere decir Chávez cuando dice "no". Y es frente a esa perspectiva que algunos quieren que nos crucemos de brazos, esperando del cielo (o del subsuelo, con la baja de los precios del petróleo) la salvación?
Porque no otra cosa que cruzarse de brazos son los llamados a la abstención. Es cierto que antes de ser derribados, los gobierno se caen solos. Pero si tiene enfrente a una sociedad abúlica, que rehúsa la pelea, ese derrumbe puede durar más que la caída del Imperio Romano.



 
 
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