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Caracas, jueves 23 de septiembre, 2004  
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Jorge Sayegh // La ley de la jungla


DESDE QUE ENTENDI la curiosa dinámica de las manadas de Africa donde miles de cebras, antílopes y ñus viven en la fatal compañía de leonas (que son las que cazan), hienas y perros salvajes durante recorridos cíclicos año tras año no he dejado de preguntarme si esos pobres animalitos viven un estrés similar al de, digamos, un empleado de una tienda de Santa Mónica que regresa a su casa en El Cementerio, todas las noches, con las gónadas, próstata y demás cotillón pubicoxígeo en forma de collar, porque sabe que a la vuelta de la esquina lo acecha su malandro per sonal.

Yo antes creía que los venaditos vivían su vida tranquila y, muy de vez, en cuando llegaban las fieras de algún lugar lejano. Pero no. Depredadores y víctimas viven muy juntas. A veces las gacelas tienen a tiro de piedra a los leones, pero mientras a estos no les dé por perseguirlas ellas siguen de lo más chévere, mascando hojitas y haciendo pupucitos redondos. Sólo cuando los cazadores atacan, salen todos despavoridos. A veces, muy excepcionalmente, algunos se arman de valor, forman un equipito y repelen el ataque. ¡Qué tontos!, pensaba yo, si siempre se defendieran en equipo tendrían todas las de ganar. Pero un día me di cuenta: ¡son igual de inteligentes que nosotros! ¿No me cree, querido lector? Camine usted por un barrio y se sorprenderá al saber que los malandros están ahí. La gente los conoce y sabe que algún día, cualquiera de ellos, va a decidir que es temporada de caza y va a asaltar, violar o matar a algún desprevenido. Y ahí siguen los vecinos, rumiando sus vidas.

Pero en la clase media también tenemos nuestros depredadores. No me refiero sólo al pillo que da un golpe y huye, sino a los hampones que conviven con nosotros. Desde los dudosos policías, supuestos guardianes que resultan ser delincuentes más eficaces que los atracadores, hasta el vecino que trabaja en el gobierno (en este y en todos los que usted recuerde), y que con su sueldito de funcionario público tiene el doble de comodidades que usted posee con su sueldazo de ejecutivo privado.

Nos hemos acostumbrado a vivir entre depredadores. Estamos rodeados y ya nos parece que así es la naturaleza de nuestra sociedad. Sin embargo, no somos animalitos, si nos asaltan sin piedad cuando andamos como conejos por ahí es porque hemos construido este ambiente así. Nos perdonamos los pequeños pecados, una y otra vez, hasta que un día somos víctimas de un gran delito y no hayamos cómo defendernos, como las gacelitas. Mientras que el destino de los depredadores ya sea el atracador a plena luz del día o el empleado digital del banco que te desfalca la cuenta a través de retiros falsos en un cajero automático inexistente es la impunidad que brinda la ley del más fuerte. La única ley que parece cumplirse en este país.

JorgeSayegh@PimentonFilms.com


 

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