Mapa del sitio
Daily News
Búsqueda avanzada
ClasificadosUsuariosAnunciantes
Caracas, viernes 23 de julio, 2004  
404 Not Found

404 Not Found


nginx
Principal > Cultura y Espectáculos > Noticias
 
Imprimir Enviar por correo  |  Disminuye letraAumenta letra
 
La Lengua en Salsa

Pablo Ramos Méndez

Crudelísimo II

Me tocó presenciar el caso de una zarigüeya, mamífero marsupial mejor conocido en este país como rabipelao, probablemente por su cola prensil calva, animal que aporreado por la acción de algunos niños que con piedras y palos lo atacaban, fue rescatado por uno de mis hijos, curado y devuelto a su hábitat. A propósito, me contaba mi abuela que su madre le repetía incansablemente: No debe decirse cocopeorro ni rabipelao,  que son palabras muy feas, sino: Coquis pedorris y rabis peladis.
Toda esta carga de crueldad es pálida ante los espectáculos que algunos pretenden llamar deportes: toros coleados y la mal  llamada fiesta taurina. En la primera de ellas, una docena de valientes jinetes se encargan de carrerear a un pobre animal: diez contra uno, más o menos. En lo que el mísero bovino toma velocidad, la gran diversión es tumbarlo para que se hiera, maltrate, magulle y aporree. El hombre tiene todas las ventajas: va montado en un caballo veloz que lo protege. Allí no termina la fiesta. Paran la bestia y la azotan para que vuelva a correr y poder seguir maltratándola ad infinitum ante el jolgorio y algazara del pueblo, que como premio por su crueldad le prende un lazo en el hombro al valiente coleador, lazoexhibe con orgullo.
 Me he puesto a meditar qué sentirá uno de esos coleadores si yo lo encerrara con seis boxeadores que lo obligaran a correr y le dieran coscorrones y puñetazos hasta dejarlo inconsciente, y claro, como premio al último que lo derribó le prendieran un lazo de color brillante en el hombro.
 No sé si la fiesta taurina (¿La fiesta?) es más cruel aún. ¡A ver cuál gana! Se somete a un toro a las atrocidades má lacerantes y pungentes que imaginarse uno pueda: se le agota, se le clavan las banderillas  o olvidemos que la sangre que corre emociona se le puya con la vara, que no es otra cosa que puñaladas que le dan en el cuello una, dos y más veces. Pero como eso no es suficiente para saciar el voraz apetito del torero y del enardecido público, hay que matar al animal. Y comienza el calvario de tratar de meterle una larga espada una, dos y más veces, hasta que se hunde entre las paletas, hasta la empuñadura. El toro cae acezante y moribundo, mientras la música trata de apagar los aplausos del delirante público. ¡Piccolo mondo!
A los políticos, que podrían hacer algo en favor de los animales, no les interesa, porque ese es un magnífico escenario para dejarse ver, hechos los locos, a ver cómo reacciona el público ante su presencia. Es por eso por lo cual ellos no llegan y se sientan, como lo hace todo el mundo, sino que se presentan a última hora y se quedan un ratito de pies para pulsar los ánimos.
 Hace bastante tiempo ya, un amigo y asiduo lector de esta columna, el Dr. Alejandro Angulo Fontiveros, escribió un tremendo artículo sobre los toros coleados; crónica que me impresionó de tal modo, que aún la conservo e hice que la leyera hasta la muchacha del servicio.
Ya está.

Consultas gratuitas por el 257 4819


lalenguaensalsa@hotmail.com



 
404 Not Found

404 Not Found


nginx




 
Imprimir Enviar por correo  |  Disminuye letraAumenta letra
 
Contáctenos | Política de privacidad | Términos legales | Condiciones de uso
Búsqueda avanzada
Copyright @ Diario El Universal C.A. 2007