La Lengua en Salsa
Pablo Ramos Méndez
Crudelísimo II
Me tocó presenciar el caso de una zarigüeya, mamífero
marsupial mejor conocido en este país como rabipelao,
probablemente por su cola prensil calva, animal que aporreado
por la acción de algunos niños que con piedras y
palos lo atacaban, fue rescatado por uno de mis hijos, curado
y devuelto a su hábitat. A propósito, me contaba
mi abuela que su madre le repetía incansablemente: No
debe decirse cocopeorro ni rabipelao,
que son palabras muy feas, sino: Coquis pedorris y
rabis peladis.
Toda esta carga de crueldad es pálida ante los espectáculos
que algunos pretenden llamar deportes: toros
coleados y la mal llamada fiesta taurina. En la
primera de ellas, una docena de valientes jinetes se encargan
de carrerear a un pobre animal: diez contra uno,
más o menos. En lo que el mísero bovino toma velocidad,
la gran diversión es tumbarlo para que se hiera, maltrate,
magulle y aporree. El hombre tiene todas las ventajas: va
montado en un caballo veloz que lo protege. Allí no termina
la fiesta. Paran la bestia y la azotan para que vuelva a correr
y poder seguir maltratándola ad infinitum ante
el jolgorio y algazara del pueblo, que como premio por su
crueldad le prende un lazo en el hombro al valiente coleador,
lazoexhibe con orgullo.
Me he puesto a meditar qué sentirá uno de
esos coleadores si yo lo encerrara con seis boxeadores
que lo obligaran a correr y le dieran coscorrones y puñetazos
hasta dejarlo inconsciente, y claro, como premio al último
que lo derribó le prendieran un lazo de color brillante
en el hombro.
No sé si la fiesta taurina (¿La fiesta?)
es más cruel aún. ¡A ver cuál gana! Se somete
a un toro a las atrocidades má lacerantes y pungentes
que imaginarse uno pueda: se le agota, se le clavan las banderillas
o olvidemos que la sangre que corre emociona se
le puya con la vara, que no es otra cosa que puñaladas
que le dan en el cuello una, dos y más veces. Pero como
eso no es suficiente para saciar el voraz apetito del torero
y del enardecido público, hay que matar al animal. Y
comienza el calvario de tratar de meterle una larga espada
una, dos y más veces, hasta que se hunde entre las paletas,
hasta la empuñadura. El toro cae acezante y moribundo,
mientras la música trata de apagar los aplausos del delirante
público. ¡Piccolo mondo!
A los políticos, que podrían hacer algo en favor
de los animales, no les interesa, porque ese es un magnífico
escenario para dejarse ver, hechos los locos, a ver cómo
reacciona el público ante su presencia. Es por eso por
lo cual ellos no llegan y se sientan, como lo hace todo el
mundo, sino que se presentan a última hora y se quedan
un ratito de pies para pulsar los ánimos.
Hace bastante tiempo ya, un amigo y asiduo lector de
esta columna, el Dr. Alejandro Angulo Fontiveros, escribió
un tremendo artículo sobre los toros coleados; crónica
que me impresionó de tal modo, que aún la conservo
e hice que la leyera hasta la muchacha del servicio.
Ya está.
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