Alex Saldaña
¿Quién lo iba a decir? Grecia, que llegó a
la Eurocopa como la Cenicienta, como una selección para
la que estar en Portugal ya era ver cumplido un sueño,
el equipo cuyo entrenador, el alemán Otto Rehhagel, cifró
como objetivo ganar un partido, regresa a casa con la copa
del campeón de Europa.
Y es que realmente lo que llevó Grecia a Portugal fue
una segunda edición del caballo de Troya, tan de moda
actualmente por la película protagonizada por Brad Pitt.
En efecto, los helenos fueron un equipo visto prácticamente
como un grupo de turistas, pero en sus entrañas escondía
22 guerreros que salieron de la oscuridad para sorprender
a Portugal, España, Francia, la República Checa
y, de nuevo, como para demostrar que su triunfo en el partido
inaugural no fue fruto de la casualidad, a Portugal.
Su recta ha sido tan simple como abierta; jamás ha
escondido sus pretensiones ni su estilo de juego, o de destrucción
del juego del rival, más bien. Los griegos han demostrado
ser los dioses de la paciencia; nunca han evidenciado el
menor síntoma de ansiedad, quizá por aquello de
que todo era un premio para ellos y disfrutaban como nadie
con su fútbol sacrificado, disciplinado, constante,
físico. La base de su éxito ha estado en hacer
lo que saben hacer, sin pretender hacer lo que no saben.
De hecho, en la final me asombró la actitud de los
jugadores griegos: ninguno hizo el menor gesto de recriminación
a un compañero por haberle dado un mal pase; simplemente,
cuando perdían el balón, todos se replegaban sin
perder un segundo. Claro, luego comprendí que crear
y elaborar vistosas jugadas no es precisamente su punto
más fuerte. De hecho, es la selección, entre las
16 que disputaron la Eurocopa, que menor tiempo tuvo el
balón en sus pies _apenas 40%_. Y también está
en la cola (decimoquinto) en el apartado que hace referencia
a los pases bien dirigidos, y en disparos a la meta contraria
(décimo). Eso sí, puntea el capítulo de las
faltas cometidas.
¿Cómo puede un equipo con estos números
proclamarse campeón de la Eurocopa? Muy sencillo:
Grecia no necesita jugar para ganar; le basta su pegajosa
defensa al hombre y repleta de relevos, su concentración
y un saque de esquina del que siempre saca petróleo.
Claro que el triunfo de Grecia no es la mejor noticia
para los aficionados. Su éxito habla con claridad
de lo que ha sido este torneo, donde los sistemas se
han impuesto a la imaginación y a la creatividad
de las estrellas, donde el fútbol de destrucción
ha opacado al espectáculo, donde se ha visto a
los jugadores demasiado cansados y sin ideas, donde
ha habido demasiado miedo y donde el gol, la esencia
del fútbol, ha sido el gran ausente.
En fin, que Grecia celebra una fiesta con la que
no contaba, Portugal llora amargamente una derrota
que no entraba en sus planes mientras despide a su
generación de oro y Europa entera sabe que ha
nacido un nuevo enemigo, un equipo con el que habrá
que contar en posteriores citas.
Pero el fútbol, como decía la canción
de Paty Manterola, no para y, mientras Europa vive
ya la resaca de su torneo, Suramérica está
a punto de estrenar una nueva edición del suyo.
¿Podrá Venezuela emular a Grecia y dar
la campanada? ¿Por qué no? La grandeza
del fútbol reside precisamente en que cualquiera
es capaz de ganar a cualquiera. Felicidades, Grecia;
ánimo, Portugal; suerte, Venezuela.
asalda01@yahoo.com