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Caracas, lunes 05 de julio, 2004  
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¡Virgencita ayudanos por favor!

WILMER ZOTERANIS

EL UNIVERSAL

El hecho de enfrentarse a una selección de poco talante como la de Grecia y el jugar en casa, naturalmente que hacía de Portugal el claro favorito para llevarse el trofeo de campeón de la Eurocopa 2004.

Acostumbrados a no llegar tan lejos en este certamen, esta vez los lusitanos tenían henchido el pecho y soñaban despiertos con el título.

Por sus mentes ni siquiera pasó la idea de perder. Era algo impensable. Sencillamente sentían que era su hora.

¿Y la derrota en el juego inaugural ante los helenos, hace tres semanas? Nadie se acordaba de eso.

Ese aire de triunfalismo se respiraba en el Centro Portugués de Caracas, cuyas instalaciones estuvieron abarrotadas desde muy temprano.

Niños, jóvenes y adultos. Hombres y mujeres. Todos querían presenciar en primera fila el histórico encuentro.

El árbitro Markus Merk hizo sonar el silbato y arrancaba así la esperada final. Comenzaba el tránsito hacia la gloria, a juzgar por la actitud de los portugueses.

Aplausos cada vez que Figo o Ronaldo tocaban el balón. O cuando Luis Felipe Scolari salía en la pantalla. Gritos de emoción en cada llegada al arco de los griegos.

Finalizó el primer tiempo y el marcador quedó en blanco, pero eso no importaba en realidad. En el segundo las cosas debían cambiar.

El receso permitió que la rumba se armara en el auditorio del club lusitano.

Las chicas se movían con frenesí al ritmo de la música que salía de las cornetas. Y el licor también comenzaba a dejar ver sus efectos.

El inicio del segundo período sorprendió a todos. Aún se escuchaba una canción cuando una persona gritó pidiendo que apagaran la luz y cesara la música en el recinto. Y así fue.

Corría el minuto 57 cuando sucedió lo increíble. Grecia anotó por intermedio de Angelos Charisteas y los potugueses aterrizaron súbitamente.

Manos en la cabeza, caras largas, gritos de lamento y palabras subidas de tono inundaron el ambiente. ¡No podía ser!

La impotencia que demostraba en la cancha la tropa comandada por Figo, también se sentía en el Centro Portugués. Y el tiempo continuaba su indetenible transitar.

Había que hacer algo. Entonces fue cuando una señora que, vestida con la camiseta de Figo, comenzó a rezarle a la Virgen de Fátima, la patrona que quizá los lusos olvidaron ayer involuntariamente.

Pero fue tarde. La sorpresa terminó de consumarse. Los griegos alzaron sus brazos en Lisboa, mientras el silencio se apoderó del Centro Portugués. La Virgen nada pudo hacer.



 
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