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Caracas, jueves 16 de diciembre, 1999  
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El día después: Entre la hoz y el martillo


Sammy Eppel

Hoy es el día después y, a pesar del resultado, no sabemos dónde estamos y hacia dónde vamos, perdón, Chávez sí sabe. Los discursos del Presidente, única manera de estar enterado de algo, están llenos de alegorías comunistoides disfrazadas de un supuesto lenguaje pseudodemocrático donde se menciona la palabra democracia cada vez con mayor énfasis. Pues bien, el discurso de la mayoría de los líderes comunistas pasados y presentes siempre estuvo signado por esa palabra mágica; es más, llamaban a sus países repúblicas democráticas, tal es el caso de la 'República Democrática de Alemania', que tuvo que erigir un muro para que sus ciudadanos no se escaparan del 'paraíso comunista' y el que lo intentaba era asesinado en el acto, lo mismo que ocurre en Cuba, sólo que, por tratarse de una isla, los que quieren huir del paraíso fidelista tienen que hacerlo por vía marítima y no precisamente en un crucero de lujo, y cuando estos desesperados se hacen a la mar en endebles balsas de fabricación casera y son interceptados por lanchas patrulleras del glorioso Ejército cubano, el mismo que invadió Venezuela por las playas de Machurucuto, son ametralladas y sus ocupantes van al descanso eterno en el fondo del Caribe o son presas de los tiburones. Cuando esto ocurre, la prensa de Castro reporta de forma veraz que un grupo de contrarrevolucionarios fue aniquilado al tratar de invadir el suelo patrio.

El gobierno de Chávez es tan democrático que su propio partido nunca ha celebrado elección interna alguna y todos los que ostentan algún cargo, incluyendo los miembros de la ANC, fueron designados a dedo por el comandante en un formato netamente autocrático y stalinista. Castro se quitó la careta a los 18 meses, Chávez ha sido sincero, eso es admirable, pero ha utilizado el 'marketing' para vendernos una Constitución que, al igual que las de países tan 'democráticos' como Libia, Corea del Norte y Cuba, es un poema y, al igual que sus líderes, Chávez no ha respetado a nada ni a nadie y tampoco respetará la nueva Carta Magna.

Debo admitir que Chávez supo llenar las expectativas de un pueblo golpeado por 40 años de populismo desenfrenado, acostumbrado a ser receptor de las migajas del festín de la corrupción y a que 'el trabajo lo hizo Dios como castigo'; en sus discursos Chávez agrede, insulta, provoca, amenaza, golpea a todo el que 'democráticamente' tenga la osadía de no estar de acuerdo con él, pero nunca hace mención al trabajo como forma edificante de hacer patria, pareciera que esta palabra hubiese sido borrada de su vocabulario revolucionario. Con razón el pueblo está encantado, pues llegó el hombre providencial que nos va a resolver y no es necesario efectuar labor alguna. Qué curioso que la palabra, a pesar de ser algo único que nos diferencia del resto del mundo animal, es al mismo tiempo, en manos de ciertos líderes, un instrumento de deshumanización.

Chávez se ve a sí mismo como el visionario que encarna los deseos del pueblo, pero no tiene la menor idea de cómo poner a trabajar y producir a toda esa gente y no entiende que la libertad es el único elemento que puede provocar el desarrollo de energía creativa por parte de la población. Bajo esta premisa, no nos queda más remedio que esperar un cambio de líder desde adentro, yo me quedo con Arias Cárdenas.

'He pretendido excitar la prosperidad nacional por las dos más grandes palancas de la industria: el trabajo y el saber. Estimulando estos dos poderosos resortes de la sociedad se alcanza lo más difícil entre los hombres: hacerlos honrados y felices' (Simón Bolívar, 1819). ¡Será!

sammyeppel@hotmail.com




 

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