Tener conocimiento en química es tan importante en un restaurador que Marcelle Jayé recuerda aquella vez que rescató unos habanos utilizando la bomba de cobalto de un hospital, pues si los fumigaba a la manera tracidicional quien los consumiera se intoxicaría. Al final quedaron perfectos, listos para el consumo humano, como recién fabricados. Precisamente por estar en contacto directo con infecciones _una vez se le alojó un hongo en la garganta_, recomienda a los restauradores renovar a menudo su vacuna antitetánica.
Académicamente se especializó en restauración en Italia, un país donde obviamente saben valorar toda referencia del pasado. En Venezuela se ha destacado en proyectos diversos de restauración de muebles, pinturas y papeles, en La Casona, el Museo Michelena, la Cancillería y la Casa Natal del Libertador, donde se encargó de la alcoba principal, una silla, un escritorio y dos retratos. Además restauró la urna de madera donde los restos de Bolívar fueron trasladados desde Santa Marta en 1842 y el arca que los alojó en 1876.
A lo largo de su experiencia lo que más le ha indignado es encontrarse con dueños de piezas antiguas _adquiridas quizás por herencia o bonanzas súbitas_ que nos las valoran, 'y que a la hora de restaurarlas lo que piden es que tapes cualquier rayón con pintura, para que no se vea. No se preocupan mucho por el daño químico que ello supone ni por preservarlas de futuros ataques'. Cualquier añadido, asegura, le resta originalidad a una pieza antigua y por lo tanto disminuye su valor. También advierte a aquellos que tienen muebles de madera en su oficina el daño que supone mantenerlos en aire acondicionado de lunes a viernes y en calor los fines de semana.
Como creadora, durante 25 años mantuvo un taller de dibujo y cerámica y fue reconocida por el Ministerio de Educación como la artista más galardonada en el año internacional de la mujer (1975).