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Caracas, sábado 05 de septiembre, 1998  
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Hoy sábado
Yo soy el Presidente


Elias García Navas

Y don Rafael habló. El jueves, rodeado de expectativas más que de su equipo de gobierno, el presidente Caldera se dirigió al país con palabras que apuntaron hacia un blanco específico, cuyo sentido pocos entendieron.

Sin embargo, resultaba lógico que no se diera tal conexión entre su mensaje y buena parte de la audiencia.

Esta última esperaba el trancazo tantas veces anunciado desde hace unas tres semanas: 'Ciudadanos, nos hemos visto en la necesidad de tomar medidas severas en materia cambiaria, que sólo Dios sabe lo que nos ha costado aceptar. Desde mañana entra en vigencia la resolución 5.000 que instaura el control para compra y venta de divisas...'.

Pero no, el jefe estaba preocupado por otra cosa, a su juicio, más importante. Con temblorosa voz presentó un tema distinto:

'El tronchamiento del mandato constitucional sería una ruptura funesta para la vida constitucional del país, y estoy dispuesto a gobernar ni un sólo día más allá de los cinco años que la Constitución me dio por la voluntad del pueblo venezolano'.

'Estoy dispuesto a ejercer el poder que me da la Constitución hasta el último día, cuyo gobierno termina el 2 de febrero de 1999 y no antes. Tengo la obligación y el respaldo de las Fuerzas Armadas y de todos los sectores importantes de la vida nacional para cumplir a cabalidad estas obligaciones'.

¿Y quién se atreve a amenazar al Presidente? ¿Acaso alguien tiene el poder de hacerlo? ¿Le han pedido la renuncia recientemente? ¿Algún edecán le habrá susurrado, 'ay hermanazo, cuídese, que lo vi en una lista que tienen en Recursos Humanos?

¿Será que Caldera ha tomado en serio a Hugo Chávez, que yo recuerde el único en mencionar las supuestas bondades de un recorte de período a esta agónica gestión?

Vaya, vaya. Caldera validando amenazas de Chávez. Descendiendo del presídium a la arena del combate para fajarse con las fanfarronerías de un guapetón de barrio.

Eso es serio, como el lío monetario, porque Caldera no sólo acaba de respaldar casi decretar la visión proyectada por las encuestas y el temor de los inversionistas. Además, ha dejado el sabor agrio en el paladar. Una suerte de pensamiento para cabizbajos: 'Carajo, se acabó todo. Ni el viejo Alfaro ni el jinetico ni la catira cuentan, de lo que se trata ahora es de la hora cuando le darán la silla a Chávez'.

Lo demás es trámite y protocolo. Algo así como 'no me empujen, que ya voy'.

Todo hace pensar que la presión y el peso de las boinas rojas agobian tanto a los habitantes de Miraflores, que Caldera ha roto sus monásticos votos de silencio para atajar una barrabasada.

Pero cuando un mandatario convoca al país para decir 'Yo soy el Presidente', es que ya no lo es. Al menos, no en la práctica. Puede que entonces Chávez tenga algo de razón, y tal vez sea ése el motivo por el cual los médicos han hecho caso omiso a la orden presidencial de volver a los hospitales.

Mientras, en la calle, quizá previendo esta suerte de rendimiento ex profeso del Gobierno (el cual blande la Ley Habilitante como si de Excalibur se tratara a la hora de enfrentar demonios como el déficit fiscal o la fuga de capitales), me he topado con presurosos transeúntes arremolinados a las puertas de las casas de cambio, adquiriendo ya no dólares sino libras, liras, marcos o cualquier papel moneda que no posea la cara de algún prócer latino.

egarcia@eud.com


 

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