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| Caracas, domingo 28 de diciembre, 1997 | |||||||||||
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Vicente Gerbasi, el lugar como epifanía Patricia Guzmán El Universal I Ese invisible adelante que llaman lugar. Esa tierra recomenzada y herida en aquel punto, en aquel claro -que no vacío-. Aquel centro que sólo restituye la voz del pájaro solitario, el canto que avisa. Y es preciso acudir. A buscar nada. "Más si nada se busca, la ofrenda será imprevisible, ilimitada"(1). Entonces una claridad aleteante nos obliga a limpiarnos los ojos, a limpiar las palabras. Para poder nombrar esa hendija, esa picadura que arde en el espacio. O es el ala vibrante de un pájaro? Mundo que aparece y desaparece. En la última rama del árbol. Ni allá lejos, ni en otra parte. Aquí. En ese espacio que se particulariza cuando al pisarnos sale tierra. Y sólo el crujido del monte es como ser. No es un espacio indiferenciado, ni indistinto. Allí (nos) crece el árbol, la piedra, la casa. Allí cae el rayo y el tigre salta con la piel tatuada por palabras de oro, inocentes. Allí cae el rayo y nuestros ojos saltan, se abren sobre el verdadero lugar. Porque el lugar es el Absoluto. Porque el hombre pertenece. Porque "el sujeto ontológicamente bien comprendido, el "ser ahí' es espacial"(2). II Quizás Vicente Gerbasi justifica la existencia de un poema sólo para reencontrar, revivificar el lugar lo que lo restituye en el mundo; el lugar entonces que deviene Absoluto. Un mundo poético, el de Gerbasi, levantado sobre un lugar que, si bien biográfico, fundamentalmente existencial. Lugar constitutivo. Lugar sustancializado. Un poeta, Gerbasi, que reinventa una relación con el mundo: No para recuperar la tierra primigenia, la plenitud primigenia, jamás restablecida; sino para hacer de la tierra encontrada el lugar de otra plenitud. Gerbasi atendió a la invitación de Bonnefoy: dejó el mundo árido para escribir y, después, dejó la escritura por el lugar. Quizás Gerbasi es el poeta venezolano más decidido a morder las palabras para arrebatarles el poder de reunir, reagrupar, reinaugurar el mundo. El ha hecho de su tierra-lugar puntual, de lo sencillo, su forma de hombre realizado. Y así, librando a las palabras de la trama de los conceptos, en aquel lugar acontece el advenimiento del ser en su absoluto. El lugar como epifanía Gerbasi ha insistido hasta la saciedad en que el hombre es hombre porque tiene ansias de infinito y porque la inmanencia del infinito en él lo hace necesariamente prometeico. Pero rescatar el fuego para qué? Para hallar el claro del bosque. Para iluminarle la cara a Dios. Para ir detrás del misterio y decirle que sí, que el Paraíso es posible, que hay un Dios y una palabra para salvarnos. Epifanía. Ruego a Dios y a la palabra para que le permitan eternizar el paisaje de su infancia, de su tierra natal. Eternizar Canoabo, hacerlo absoluto. Desde Vigilia del náufrago (1937), hasta su más reciente entrega, palparemos la ansiedad por provocar, presenciar, la aparición o manifestación de la divinidad, del Absoluto. Identificaremos un trayecto, en principio ascendente, y, luego, asombrosamente estable: su escritura es continuación y renovación. Su verdad interior se manifiesta abiertamente en Bosque doliente (1940), título que plasma su apuesta por una existencia acordada con la Naturaleza, expresión de Dios. Mi padre, el inmigrante (1945) inscribe para siempre el nombre de Gerbasi entre nosotros, nos obliga a ir con él detrás de las huellas de su padre para que descubramos la Tierra Prometida. Y Los espacios cálidos (1952), considerada por el poeta como su mejor obra, sin perder enigma, misterio, hondura expresiva, lo aferran definitivamente a la síntesis: el poema se cierra, se acorta en su expansión, pero, se hincha de eternidad. En el trayecto, además de los títulos mencionados, saldrán a nuestro encuentro Liras (1943), Poemas de la noche y de la tierra (1943), Tres nocturnos (1946), Círculos del trueno (1953), Por arte del sol (1958), Olivos de eternidad (1961), Poesía de viajes (1968), Retumba como un sótano del cielo (1977), Edades perdidas (1981), Los colores ocultos (1985), Un día muy distante (1988), El solitario viento de las hojas (1989), Iniciación en la intemperie (1990). Porque todo lo que ha escrito Gerbasi se lo debe al paisaje de Canoabo, al allí que lo colocó en el mundo. Vemos a Gerbasi hincarse sobre esa tierra y estirar las manos hasta alcanzar a Dios, en gesto de gratitud. Sabemos que Gerbasi "no es ni cuerpo, ni hombre sino un poeta y un caserío... el ser y lo Absoluto"(3). Ser hombre signifida habitar Para que ser y vida no se separen, para que la vida no sea privada del ser y el ser no yazca sin vida, el hombre necesita fijar un centro. Ser sin centro, decimos como María Zambrano, es "peor que un algo, despojo de un alguien". Ser descentrado es ser cuya vida se derrama, "no encuentra lugar que la albergue"(4). El hombre necesita hacer centro. Fijar un punto desde donde girar, caminar, huir, hablar, devenir. El hombre necesita instaurar un reino, o un infierno, desde el cual interrogarse y, esencialmene, interrogar su entorno, el afuera, el adentro, el espacio. La cualidad del centro es la de recoger, recogernos. No más hombre disperso, nómada sin lugar, sin tierra puntual, esencializada. El hombre necesita un centro, un lugar determinado que lo obligue a enraizar. Es decir, el hombre está predestinado a habitar. Heidegger lo dijo tajantemente: "ser hombre significa habitar". Se habita el ser -inflándolo de vida-, se habita el cuerpo -con aliento del alma-, se habita una casa -para que el ser, el alma, el cuerpo... encuentre una morada desde donde obrar. Ser, existir, estar, transcurrir, supone, definitivamente, habitar el espacio: el espacio del propio cuerpo, el espacio de la propia casa envolvente, el espacio envolvente en general. Fundar un espacio quiere Gerbasi. Organizarse -alrededor de un centro, de una casa. En cuanto comienzo a organizarme, resultó una casa deshabitada, el vacío espectral que ordena pilares y ventanas interiores, y aquella lámpara de aceite que ilumina un Cristo de noche larga en ardores de la pared blanca... (Gerbasi, Retumba como un sótano del cielo,Obra poética, p. 248) Y el centro desde el cual suele organizarse Gerbasi, en torno al cual necesita recogerse, si bien se llama Canoabo, hojas de helechos gigantes, malangas, ha sido escogido, plantado por Dios, un Dios adornado con barbas de nubes, en medio de girasoles planetarios, un Dios que se la pasa ...inventando cometas, heliotropos en los crepúsculos, fascinaciones en el nadar de los delfines... Por ello Gerbasi desea brindarle lo más suyo, su palabra ...quisiera hacer poesía para ti, Dios! Te invoco en la noche y en el viento del mar, en una oscuridad de relámpagos en el infinito de un velero... (Gerbasi; Retumba como un sótano en el cielo, Obra poética, p. 239) Por gracia de Dios existe Canoabo, lugar para habitar. Ser disperso Sí, el ser, para no desbordar la vida, habita, hace centro, habita una concha, una casa. El hombre va tras la concha inicial. Así como el pájaro va tras el nido; y si el nido es redondo es porque el pájaro sólo conoce esa forma, porque él es hueco por dentro; y si la casa la sentimos redonda es porque ella quiere parecerse al mundo, tener la dimensión que le otorgamos al Universo, ese círculo infinito. Digamos entonces que la casa, la concha, el nido, nos son connaturales. El ser amparado es el ser protegido por la casa, ella alberga nuestro cuerpo y nuestros sueños. El lugar integrado es el ser que se guarece bajo un techo. La casa sostiene al hombre, es el primer mundo del ser humano. La casa es vivida siempre en su realidad y en su virtualidad. Casa real que me salva del frío, que me salva del rayo. Casa virtual que se comporta como un ser vertical, que se eleva para que intentemos abrir una hendija en el firmamento, romper el cielo y descubrir qué hay más allá. Los límites de la casa pueden ser sensibilizados, ella puede reunir valores humanos, adquirir, dirá Bachelard, las energías físicas y morales de un cuerpo humano: endurece su lomo para protegernos de la tormenta (5). La casa, a menudo, sustituye al cosmos, lo reproduce, toma, ante nuestros ojos, su forma. Imaginamos que "de su centro irradian los vientos, y las gaviotas salen de sus ventanas". El universo viene a habitar la casa del hombre (6). El árbol, la luciérnaga, el cristofué, la cayena que invoca Gerbasi; moran en su aldea y en el patio de su casa natal, su casa primigenia, la que confundía con el paraíso, la que levantó su padre, aquel inmigrante que le enseñó a arrodillarse ante Dios y ante la belleza. ...Aquella casa fue mi casa. Mi casa pintada de cal, allá en mi aldea, escondida entre el café y el cacao... Yo nací en tu casa con palabras de la Biblia, y allí estaba callado, con tus libros... (Gerbasi, Mi padre, el inmigrante, Obra poética, p. 84) La casa de Canoabo es el único punto fijo en el espacio que nos obliga a transcurrir de la noche hacia la noche, porque "venimos de la noche y hacia la noche vamos". Casa levantada después de que el padre tocase raíces, piedras, frutas. Casa levantada detrás de aquellos árboles donde ...Todas las colinas ondulaban hacia el sitio /que buscabas... Y tu vida era de nuevo un regresar, un regresar hacia días y noches, hacia el sitio que buscabas en tu desesperación... (p. 78) La casa es un establo del alma. Si para el poeta Canoabo es el lugar donde se realiza el Absoluto, la casa es el lugar desde donde el padre le enseña a agudizar la mirada para descifrar en el claro del bosque ese Absoluto. Le enseña también a abrir la puerta para salir a buscarse, pero buscarse adentro. ...el que iba gritando hacia adentro, buscándose las manos y la frente en su existencia, buscando el sitio donde poder decir: Aquí yo vivo, aquí yo soy el hombre'... (p.79) *En: Imagen, N 100-86. Caracas, febrero, 1992 (1)M.Zambrano, Claros del Bosque. Seix Barral, 1977, p. 11. (2)M.Heidegger, tre et temps, Gallimard, 1986, p. 37. (3)L.A. Crespo, "Camino a Gerbasi", Papel Literario/El Nacional. 31/mayo/1985, p.5. (4)M.Zambrano, Ob. Cit. p. 57 (5) G. Bachelard, La poétique de l'espace, P.U.F., París. p. 56. (6) Idem, p. 63. |
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